~ 2014-04-21

Pues todo llega, y como todo llega, llega también el lunes y el último capítulo de La Aventura del Abrigo Amarillo. Hoy lo sabremos todo por fin, y que no nos pase nada. Sobre todo a mí.

Me repito, pero nunca repetiré lo bastante lo mucho que os agradezco los comentarios y lo bien que me lo he pasado gracias a vosotros durante estas semanas. La historia será lo que será, pero las conversaciones asociadas han merecido muchísimo la pena. Moláis y hacéis que merezca la pena publicar cosas. Lo cual puede ser bueno o malo, según... ;-)

Mención especial a @ElConde_77: ¡Atento, que va!

Para quienes llegáis ahora a la historia os hago un pequeño resumen, pero a estas alturas recomendaría mejor empezar por el Capítulo Primero, en el que vimos que un Watson bastante hecho polvo va a ver a Holmes, que está en plena forma y lo demuestra sometiendo a su amigo a un bombardeo deductivo. Gracias él sabemos que Watson recibió en curiosas circunstancias un abrigo de color amarillo, que le fue robado y devuelto en cuestión de minutos, incidente que le contó a Holmes en el Capítulo Segundo. Este hecho picó la curiosidad del detective, que se dedicó a investigar, o más bien a enviar a Watson a averiguar más cosas sobre el anterior poseedor del abrigo. En opinión del detective, el abrigo oculta algún secreto importante. Watson, que como se cuenta en el Capítulo Tercero solo quiere dormir, lleva todo el día esperando el prometido mensaje de Holmes respecto a sus progresos en el caso. Cuando tal mensaje no llega, cosa poco habitual en Holmes, Watson decide pasarse por Baker Street y en el Capítulo Cuarto se encuentra las habitaciones destrozadas y a Holmes con evidentes señales de haber estado en una pelea. Los atracadores de Watson buscaban, sin éxito, el famoso abrigo amarillo. Mientras hablan, Holmes cae en la cuenta de algún detalle que le permite resolver el caso y, en su estilo habitual, se niega a explicar nada al pobre Watson mientras no tenga todos los cabos sueltos en la mano. Esto cuesta un mal rato a Watson, que nada más salir de Baker Street es secuestrado y encerrado en un sótano por dos hombres. Afortunadamente, y justo cuando nuestro doctor favorito (o el segundo favorito) va a poner en práctica un plan desesperado que se detalla en el Capítulo Quinto, Holmes y Gregson irrumpen en el sótano, deteniendo a los secuestradores y liberando a Watson. Pero, ¿por qué todo esto? Holmes tiene la respuesta, ¿se la contará a su fiel Watson?

Veámoslo en el...


CAPÍTULO SEXTO



Una vez en la calle respiré ansiosamente el aire frío y limpio, y parpadeé sorprendido cuando me di cuenta de que Baker Street quedaba a apenas media milla. Holmes se dispuso a llamar a un coche, pero le detuve con un gesto.

—No, Holmes, prefiero caminar —dije, notando cómo mi cabeza se despejaba y volvían mis fuerzas—. El aire fresco me hará bien.

Holmes me miró dubitativo pero acabó asintiendo, y emprendimos el camino a paso lento.

—¿Cómo supo dónde estaba? —pregunté al cabo de un par de minutos.

—Fuerza bruta, y esto —dijo Holmes, mostrándome una nota muy arrugada con algunas líneas garrapateadas a lápiz—. El papel es de un pub no muy lejos de aquí, en Huntsworth Mews; Bull tuvo la previsión de rasgar el membrete, pero no contaba con que sería capaz de identificar el papel en sí. Teniendo en cuenta el tiempo que pasó entre que salió usted de Baker Street y yo recibí la nota había un número limitado de sitios donde buscar, pero no tiempo para obtener información más detallada. Recluté de inmediato la ayuda de Gregson y tuvimos la fortuna de acertar al segundo intento.

—Entonces... ¿era una nota de... de rescate? ¿Por mí? —pregunté estúpidamente.

—Querían el secreto del abrigo a cambio de su vida, Watson —la voz de Holmes era baja y clara, pero en ella había una nota soterrada de tensión—. La nota vino junto con su sombrero. Me dieron hasta el alba.

—Creí que… —las palabras de Holmes me hicieron reevaluar los acontecimientos de las últimas horas— Creí que pretendían atacarle a usted.

—Lo hicieron. Sólo que no directamente. Y fue un ataque espantosamente más efectivo que si me hubieran encañonado con un revólver —dijo mi amigo, y fue una de las pocas ocasiones en que oí temblar la voz de Sherlock Holmes—. Watson, le debo mil disculpas; su horrible aventura ha sido enteramente culpa mía.

—No diga…

—No, no, déjeme terminar. Fue una tremenda torpeza por mi parte anunciar a los cuatro vientos en la calle que había resuelto el caso. Bull y su compinche estaban todavía cerca, me oyeron, y actuaron a toda velocidad, con más sangre fría e inteligencia de la que les hubiera otorgado. Si no hubiera revelado mis cartas de modo tan estúpido, usted no hubiera pasado por esta ordalía.

No respondí de inmediato. Holmes siguió hablando, toda su postura tensa.

—No puede usted imaginar mi consternación cuando un golfillo me trajo la nota de Bull conminándome a revelarles el secreto del abrigo bajo la amenaza de no volver a ver a mi viejo amigo —Holmes hizo una pausa, carraspeó—. Podría usted haber muerto por mi inconsciencia, Watson, y yo… jamás me lo hubiera perdonado.

—Nada de eso ha ocurrido —dije a mi vez, más que un poco afectado por la evidente emoción de Holmes—. Estoy perfectamente, Bull y su socio están entre rejas, no tiene usted nada que reprocharse, ¡al contrario! ¡También ha resuelto el caso!

—El caso, sí… —Holmes sonrió a medias—. Es cierto; hasta cierto punto tengo en mis manos todos los hilos menos el nombre del hombre que contrató los servicios de Bull, y estoy seguro de que ese nombre no tardará en llegarnos gracias a mis telegramas y la colaboración de Scotland Yard.

—Entonces, ¿a qué ha venido todo esto? El falso robo del abrigo, el ataque en Baker Street, mi secuestro, ¿todo para qué, Holmes?

—Le puedo decir que no es un asunto de poca monta —habíamos llegado a Baker Street. Holmes sacó su llave y me miró—. ¿Se siente con fuerzas para oír toda la historia?

—Me vendrá bien un descanso antes de volver a casa —reconocí—. Admito estar aún un poco alterado, y creo que alarmaría a mi esposa más que otra cosa presentándome en casa a estas horas. Lo cierto es, además, que preferiría oír toda la historia de sus labios cuanto antes. Creo que tengo una idea general, pero hay cosas que no comprendo aún.

—Le contaré todo lo que pueda —prometió Holmes, abriendo camino. La puerta había sido someramente reparada por el simple procedimiento de atar un cordel a la cerradura reventada, pero la salita estaba en el mismo estado que la tarde anterior. ¿La tarde anterior? La mente juega malas pasadas; me parecía toda una vida.

—No he podido ordenar mucho —se disculpó Holmes—. Entienda que mi atención estaba ocupada por otros temas.

Pese a lo que Holmes estaba diciendo, sí que reparé en algunos cambios: una de las mesitas auxiliares había sido enderezada y en ella se apilaban unos cuantos telegramas. Holmes se lanzó sobre ellos como un halcón, y yo paseé con curiosidad la mirada por unas estanterías que habían escapado al ataque de la tarde pero que ahora aparecían vacías, sus contenidos desparramados por el suelo como si por la salita hubiera pasado un minúsculo pero potente huracán.

Holmes, leyendo los telegramas, emitió un “¡Ja!” de satisfacción, siguió mi mirada, y leyó con facilidad mis pensamientos.

—No busque más culpable que a mí, Watson —dijo con una sonrisa que se le borró casi inmediatamente—. Tras recibir la nota me temo que maltraté bastante mis pobres índices hasta encontrar la información que buscaba. Pero atendamos primero a sus necesidades, amigo mío.

En menos tiempo del que se tarda en decirlo me encontré de nuevo en el sillón que había ocupado unas horas antes. Con la señora Hudson ausente Holmes echó mano de uno de sus pubs favoritos, The Drunken Llama, y consiguió que uno de sus Irregulares nos subiera un refrigerio consistente en pan, jamón, queso, manzanas y sidra, todo lo cual devoré con ganas. Al finalizar, sintiéndome casi humano, me arrellané en el sillón acunando la jarra de sidra entre las manos y di por buenos todos los secuestros del mundo.

Holmes, a mi lado, había mordisqueado apenas un poco de pan y parecía en peor estado que yo, con sus ropas manchadas y las señales de la pelea marcadas en su cara pálida. Sin embargo su expresión ávida no traicionaba cansancio alguno mientras revisaba un par de telegramas, sonriendo para sí.

—Es lo que imaginaba, Watson. ¡Mi caso está completo!

—¿El abrigo? Me cuesta creer, Holmes, que una prenda de ropa haya traído tanta violencia a nuestra puerta.

—No es tanto la prenda en sí como los agentes elegidos para averiguar su secreto. George Bull es un hombre peligroso, Watson: inteligente, rápido de reflejos, y nada reacio a usar la violencia. Su asociado, por cierto, se llama Edward Hart y no es más que músculo de alquiler. Podemos olvidarnos de él. Pero sin George Bull este caso hubiera sido resuelto con mucha menos destrucción de propiedad —Holmes paseó una mirada algo melancólica por los restos de su vivienda y luego me miró de soslayo—, y menos peligro para mis amigos.

Agité una mano.

—Olvide eso, Holmes, se lo ruego. Dígame qué ha averiguado, por favor.

Holmes asintió, apoyando los codos en los brazos del sofá y juntando las yemas de los dedos en la postura que tan familiar me era; con su disfraz y sus heridas el efecto era algo incongruente.

—Ya habíamos determinado que su falso atraco no tenía más objeto que atraer mi atención sobre el abrigo. Claramente alguien quería que Sherlock Holmes, el sabueso, el famoso detective —la expresiva boca de mi amigo se plegó en un gesto sardónico—, averiguara qué tenía de especial. Por tanto, no podía ser un secreto sencillo de desentrañar.

“También sabe usted que hasta que nos despedimos hace unas horas yo estaba totalmente a oscuras respecto a qué secreto podía ocultar el abrigo. Que ocultaba uno es evidente, pero sin tener idea de su naturaleza me encontraba sin indicios sobre por dónde empezar. Y así hubiera seguido, probablemente, si usted no hubiera tenido la amabilidad de curarme la mano.”

—¿La mano?

Holmes alargó la mano que se había herido en la pelea, aún cubierta por un vendaje sucio que me hizo fruncir el ceño.

—Su referencia a mi uso de productos químicos. En sus notas consta que Weir, el anterior poseedor del abrigo, tenía manchas en las manos. Cicatrices, de acuerdo. Quemaduras, muy bien. Callos, por supuesto. Pero, ¿manchas? ¿Trabajando en una fábrica de toneles? Consideré imposible que usted confundiera manchas con quemaduras de alquitrán ardiente; le sé mejor médico que eso, de modo que eso dejaba la posibilidad de que el trabajo anterior de Weir, antes de venir a Londres, estuviera relacionado con productos químicos.
Holmes alargó hacia mí su mano sana.

—Mi propia mano guarda huellas de mis experimentos químicos. Para el observador avezado, son tan reveladoras como si llevara escritos mis experimentos en ella. Verá quemaduras y decoloraciones químicas, pero verá también los restos de tintes. Weir había trabajado en contacto con tintes industriales. Imagino que ya verá la conexión.

—¡El abrigo!

—Exactamente, Watson: el abrigo en sí, un abrigo hecho a mano por alguien no muy ducho en la materia, no contenía un misterio guardado en los botones o las costuras, ni un papel escondido en el forro; nada tan prosaico. El abrigo, o más bien el tinte amarillo que le daba su aspecto francamente espantoso, era el secreto.

“Me he pasado estos últimos días comentando su fealdad cuando debería haberme fijado menos en su estética y más en lo poco habitual del tono. Cuando usted se fue llevé a cabo un sencillo test químico: se trata de un tinte basado en la reacción de diazotación, y uno de un color y resistencia que no se corresponden con nada que se haya desarrollado hasta el momento.

“No sé si es usted consciente de que ahora mismo existen enormes intereses económicos en torno a tintes industriales. Aunque en Inglaterra hemos logrado algunos avances, en mercado, beneficios y número de patentes nos ganan por la mano los franceses, y sobre todo los alemanes, cuyos descubrimientos están revolucionando la industria entera. El secreto de un tinte que nadie haya desarrollado aún puede ser el impulso que necesita el país para convertirse en pionero en esta industria. La naturaleza del tinte del abrigo me reveló de inmediato por dónde empezar a buscar.”

Holmes se levantó y se lanzó a una pila de papeles descuidadamente apilados en un rincón. Tras hurgar en ellos, extrajo un papel color crema que yo recordaba vagamente y lo agitó con aire triunfal.

—¡Lo tenía ante mis narices todo este tiempo! ¿La recuerda? Se la enseñé hace un par de días: la carta de Herr Martius desde Ludwigshafen, que resulta ser uno de los centros de producción de la Badische Anilin und Soda Fabrik, una compañía química alemana que desarrolla, entre otras cosas, tintes. Recuerde que me pedía que buscara a un químico inglés. Le apuesto lo que quiera a que ese químico inglés es alto y delgado, el abrigo le va como un guante, y tiene algún conocido que sabe algo de costura. Quizá el abrigo fue un encargo, o simplemente un regalo para que nuestro químico pudiera probar su nuevo tinte sobre una prenda de ropa.

“El telegrama que acabo de recibir es de la policía alemana, informándome de que un tal Donald Peabody, de profesión químico y que coincide con la descripción del dueño original del abrigo, está actualmente en paradero desconocido. Ese otro telegrama —señaló la mesita— me informa de que Frank Weir figuraba hasta hace unos meses en el registro de trabajadores de la fábrica de la compañía en Ludwigschafen. ¿Lo ve?

—Peabody robó el secreto del tinte amarillo —dije despacio—, con la complicidad seguramente de Weir.

—¡Exactamente! No sé si el tinte fue desarrollado por el propio Peabody, pero en todo caso eligió una ingeniosa manera de sacar la fórmula del tinte de la fábrica: un papel puede ser robado o copiado, y es además la manera obvia de robar un secreto industrial; por eso todos pensaban que el abrigo ocultaba un secreto en vez de ser el secreto en sí mismo. Incluido yo. Pero no era una fórmula, ¡era una muestra disfrazada de un objeto cotidiano! —Holmes estaba prácticamente frotándose las manos de gozo—. Una muestra no es un secreto tan obvio: requiere la intervención de un químico más que competente para identificar y recrear la fórmula. Sin duda Peabody pretendía asegurar su nueva vida haciendo notar que quienquiera que comprara el secreto estaba comprando, también, sus servicios para sintetizar el tinte.

—¿Pero por qué tenía Weir el abrigo de Peabody?

—Ese es un punto que falta por determinar, pero a juzgar por el tiempo que Weir ha tenido el abrigo, mucho me temo que Peabody nunca completó su plan y desapareció de la faz de la tierra poco después de emprender su huída. Es obvio que Peabody nunca le reveló a Weir el secreto del abrigo pero sí que la prenda era importante; Weir se quedó el abrigo sin saber su valor, pero sin atreverse a deshacerse de él.

“Pero alguien, no sé si de la propia compañía de Martius o de una rival, dio con Weir en Londres y reconoció, ya que no el secreto del abrigo, sí su importancia. Para cuando lo hizo Weir ya estaba demasiado enfermo, y la prisa o la imprudencia hizo que nuestro hombre contactara con George Bull. No sé si era consciente del hombre tan peligroso que acababa de introducir en sus planes. Bull, sabiendo únicamente que el abrigo de Weir guardaba un valioso secreto que nadie parecía ser capaz de desentrañar, y habiendo leído mis aventuras en sus relatos del Strand, imaginó que era un misterio digno de mí. De modo que urdió el plan que usted ya conoce, pretendiendo usarme a través de usted para resolver el misterio del abrigo.”

Moviéndose con algo menos de su agilidad habitual, Holmes dejó los telegramas sobre la mesita.

—Una vez determine la identidad de quien haya contratado a George Bull, el resto será trabajo tedioso que puede hacer perfectamente la policía. Mucho me temo que Peabody esté muerto, aunque ahora mismo no me aventuro a decir si por causas naturales o no. Mañana escribiré a Herr Martius y obtendré de él los detalles del caso que faltan, pero el misterio del abrigo amarillo está, por lo que a mí respecta, resuelto.”

Holmes se dejó caer en el sillón y cerró los ojos. Pude ver que estaba empezando a acusar el cansancio de las últimas horas, y por mi parte yo también me sentía letárgico y extrañamente deprimido pese a la feliz resolución de la noche.

—Lo mejor será que duerma aquí esta noche, amigo mío —dijo Holmes sin abrir los ojos—. La puerta no está reparada pero Gregson me ha prometido un agente de guardia toda la noche. Mañana podrá volver a su casa lo bastante descansado como para no alarmar a su esposa. Su antigua habitación está libre.

Empecé a objetar algo, no recuerdo qué, pero mis argumentos murieron a medio camino entre mi cerebro y mis labios y me dejé caer exhausto en mi antigua cama. En apenas unos minutos dormía profundamente.

                                                                                                   
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Desperté casi a media mañana, sintiéndome maravillosamente descansado y con un hambre feroz. Bajé a la salita de excelente humor, pero la escena que allí me esperaba me recordó de inmediato los sucesos de la víspera.

La habitación estaba ordenada: los muebles y cacharros rotos habían desaparecido, y el único cambio notable era un número inusitado de policías. Holmes y Gregson estaban inclinados sobre la mesa que solía recibir nuestros desayunos, examinando los papeles y mapas que la cubrían. Mi amigo había sustituido su ajado disfraz del día anterior por un traje oscuro y su aspecto era tan correcto como siempre, pero su palidez y la manera en que la piel se tensaba sobre sus rasgos huesudos me reveló enseguida que no había dormido nada. El inspector también mostraba indicios de no haber descansado lo suficiente. Un agente uniformado esperaba junto a Gregson con los brazos cargados de papeles, y en el descansillo otro montaba guardia frente a la puerta reventada.

—¡Watson! —Holmes sonrió al verme—. ¿Cómo se encuentra?

—Completamente repuesto —aseguré con sinceridad—. ¿Hay algo de comer? Estoy famélico.

Holmes miró vagamente a su alrededor, como si el propio concepto de comida le resultara extraño, y fue Gregson quien me indicó una cesta de mimbre llena de emparedados, sobre la que me lancé con avidez. Alguien había preparado café con ayuda del mechero Bunsen de Holmes, y así pertrechado con todo lo necesario para afrontar el día me uní con curiosidad a los dos hombres.

—No hemos recibido información nueva sobre Peabody, pero sí sobre Weir, y efectivamente él y Peabody se conocían. Es probable —Holmes señaló un mapa de Alemania extendido sobre la mesa y cubierto de rayas a lápiz— que Peabody eligiera una de estas rutas para huir. Se las proporcionaremos a la policía alemana, aunque no tengo mucha esperanza de que encuentren nada.

—El señor Holmes me ha convencido de que avisemos al Ministerio sobre este asunto —añadió Gregson—, y de que enchironemos a Bull bajo cargo de secuestro, aunque no sé por qué no quiere que añadamos el robo del abrigo.

—Con la acusación de secuestro bastará, Gregson.

—Si usted lo dice, señor Holmes —Gregson se encogió de hombros—. Un robo es un robo, a mi entender, y todo ayuda para tener más tiempo entre rejas a ese indeseable.

—Oh, no se preocupe por eso, inspector —dijo Holmes—. George Bull pasará gran parte de su vida en prisión, de eso estoy seguro. Ahora necesito que saque de aquí a sus muchachos y nos conceda un poco de privacidad para ordenar mi casa. El cerrajero no debería tardar en venir.

—Pero señor Holmes…

—No, no, inspector, insisto. Tendrá usted mucho trabajo con el papeleo de este caso, y no me cabe duda de que pronto recibirá la visita del Comisionado en persona para felicitarle por el arresto realizado.

—¿Usted cree? —Tobias Gregson se puso colorado como un tomate y salió pavoneándose de Baker Street, seguido por los dos agentes. Holmes me dirigió una mirada de soslayo.

—Habrá imaginado que no iba a contar al inspector que tenemos en nuestras manos el que puede ser el secreto de la supremacía británica en la industria del tinte, Watson, al igual que Bull no debe saber la naturaleza del secreto que le encargaron robar.

—Supongo que hablará con Mycroft.

—Le envié un telegrama a primera hora. Imagino que no tardará en enviar a alguien con instrucciones precisas para recoger el abrigo y llevarlo a algún laboratorio con más medios que los míos —Holmes paseó una mirada algo melancólica por su disminuido arsenal químico—. Y con esto, Watson, creo que nuestra labor en esta parte del caso ha terminado. Sólo lamento que haya sido a un coste tan alto para usted.

—Por última vez, Holmes —dije con firmeza—, no quiero que se preocupe más por eso. Afortunadamente no fui herido y gracias a usted todo ha terminado de la mejor manera posible.

Holmes movió la cabeza.

—Se subestima usted, Watson —dijo en voz baja—. Siempre lo ha hecho, y no sería Watson si no lo hiciera, pero a veces…

Dejó morir la frase y volvió su atención a los papeles del caso, una expresión extraña en su rostro marcado. Me terminé mi emparedado, sin saber muy bien qué contestar. Poco después llegó el cerrajero, consiguiendo con su presencia que la vida retomara su curso habitual en Baker Street y facilitándome la decisión de dejar a mi amigo y volver a mi hogar. Pese a los desagradables recuerdos de las últimas horas no encontré difícil reincorporarme a mi rutina habitual. Pero durante los siguientes días me fue difícil quitarme de la cabeza las palabras de Holmes y la expresión de su rostro pálido y agotado, inclinado sobre los papeles que cubrían la mesa.

                                                                                                    
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Poco queda que contar; un escueto telegrama de Mycroft me rogó que no publicara este caso hasta no haber determinado la utilidad del tinte descubierto por Peabody para los intereses económicos de la Corona. Holmes recibió una medalla del Primer Ministro, de la que no me habló hasta que nos volvimos a ver a finales de primavera.

—No creo que salga gran cosa de todo esto, Watson —dijo entonces, volviendo a arrojar descuidadamente la medalla al cajón del que la había sacado—. Ni para ellos ni para nosotros. Fue un problema interesante, pero no he encontrado indicios firmes de intereses ocultos en juego. Aun así, aun así…

—¿Aun así…?

Holmes quedó absorto unos instantes y volvió en sí con un respingo y una sonrisa.

—Nada, amigo mío, nada. Creo que empiezo a chochear, a crear castillos en el aire, a hacer conexiones que no corresponde hacer. ¿Se quedará a comer?

—De mil amores —dije, levantándome—, pero antes debo hacer algunos recados. Volveré en un par de horas.

—Oh, en tal caso, si va a salir, ¿le importaría hacerme un favor?

—Será un placer.

—¿Puede pasarse por la librería de Barnes y recoger unos libros que encargué el otro día? Especialmente uno titulado “Dinámica de un asteroide”.

—¡No le suponía interesado por la astronomía, Holmes!

—No exactamente —de nuevo la expresión de Holmes se volvió remota—. No, no exactamente por la astronomía. Más bien por su autor.

—¿Alguien a quien yo conozca? —pregunté distraído mientras me disponía a salir.

—No, Watson. No creo que usted conozca al profesor James Moriarty.



FIN


¿Fin? Sí, fin. Peeeeeeeeero en breve tendremos algunas cositas más relacionadas con la historia, en este blog, a lo largo de esta semana, porque toda historia necesita un epílogo (es una regla que me acabo de inventar), y porque ya que hice un trailer, ¿por qué no añadir unos extras? ¡A lo largo de esta semana, en el blog, veréis aparecer ¡los extras de La Aventura del Abrigo Amarillo!

Muchísimas gracias a todos.


Comentarios (4)
Enviado por Daurmith el 2014-04-21 a las 00:35


~ 2014-04-14

¡Buenos lunes! Quizá no sean muy buenos para vosotros. Desde luego no son buenos para mí, que ya no tengo vacaciones. Pero esperemos que sean un poco mejores para Watson, a quien habíamos dejado en un feo aprieto, y hoy toca saber qué pasa luego. Ayquemosión.

Los remajos que comentáis y dais difusión a la historia merecéis más de lo que la historia os da, pero al menos que no se me pase nunca daros las gracias: siempre siempre siempre me alegráis el día.

¿Y qué os habéis perdido los que llegáis hoy al relato? ¡Muchas cosas!

En el Capítulo Primero vimos que un Watson bastante hecho polvo va a ver a Holmes, que está en plena forma y lo demuestra sometiendo a su amigo a un bombardeo deductivo. Gracias él sabemos que Watson recibió en curiosas circunstancias un abrigo de color amarillo, que le fue robado y devuelto en cuestión de minutos, incidente que le contó a Holmes en el Capítulo Segundo. Este hecho picó la curiosidad del detective, que se dedicó a investigar, o más bien a enviar a Watson a averiguar más cosas sobre el anterior poseedor del abrigo. En opinión del detective, el abrigo oculta algún secreto importante. Watson, que como se cuenta en el Capítulo Tercero solo quiere dormir, lleva todo el día esperando el prometido mensaje de Holmes respecto a sus progresos en el caso. Cuando tal mensaje no llega, cosa poco habitual en Holmes, Watson decide pasarse por Baker Street y en el Capítulo Cuarto se encuentra las habitaciones destrozadas y a Holmes con evidentes señales de haber estado en una pelea. Los atracadores de Watson buscaban, sin éxito, el famoso abrigo amarillo. Mientras hablan, Holmes cae en la cuenta de algún detalle que le permite resolver el caso y, en su estilo habitual, se niega a explicar nada al pobre Watson mientras no tenga todos los cabos sueltos en la mano. De modo que nuestro buen doctor emprende el regreso a casa pero apenas ha salido de Baker Street cuando es secuestrado y narcotizado por dos hombres...


CAPÍTULO QUINTO




Desperté lentamente, sin saber muy bien al principio dónde estaba. Me imaginé en mi cama, en mi casa, y me sorprendió darme cuenta de que tenía frío. Al alargar un brazo para buscar el cobertor, di contra algo duro en lugar de contra mi colchón, y el sobresalto me hizo abrir los ojos. Los volví a cerrar de inmediato, alanceado por una tremenda punzada de dolor. Aunque mi memoria seguía confusa poco a poco empecé a recuperar los sentidos, cosa que encontré harto desagradable.

Al dolor de cabeza se unía una fuerte náusea que me obligó a respirar profunda y cuidadosamente durante un par de minutos mientras intentaba recordar lo ocurrido. La incomodidad física evitó que me diera cuenta enseguida del peligro de mi situación, de modo que dispuse de unos minutos durante los que, para distraerme de mis varios dolores, hice inventario de mi entorno.

Estaba en una habitación pequeña, que a juzgar por el hedor y el suelo de tierra era un cuarto en algún sótano. Una puerta de madera, fuerte pero algo desvencijada, me cerraba el paso. La única y mortecina luz provenía de un ventanuco enrejado a ras de techo, con el cristal casi oculto por mugre y hollín. No había rastro de que el cuarto tuviera algún uso específico; las arañas que alguna vez lo habían poblado habían dejado tras de sí únicamente los restos polvorientos y aceitosos de sus telas y unos cuantos cadáveres resecos. Por todo mobiliario había un cubo de hierro, algunas cajas de madera rotas apiladas contra un rincón, y una mesita desvencijada en la que había un jarro y un vaso desportillado.

Poniéndome en pie con dificultades, me dirigí de inmediato a la mesa. El jarro contenía agua turbia, pero me atormentaba una sed terrible y bebí con ansia, vaciando casi la mitad de su contenido de un trago. Mi cabeza se despejó un poco; empecé a recordar mejor lo ocurrido.

Los dos hombres que me habían atacado eran sin duda Bull y su socio, apostados en las cercanías de Baker Street. Si se habían tomado tantas molestias para quitarme de en medio era probable que se dispusieran a intentar otro ataque contra Holmes, algo desesperado sin duda. ¿Cuánto tiempo había estado inconsciente? Algunas horas: la luz del ventanuco tenía el tono azufrado de las lámparas de gas. Mi sombrero había desaparecido, pero mis atacantes no me habían despojado de ninguna otra de mis pertenencias; mi reloj parecía funcionar bien y marcaba las once menos veinte de la noche. Cuando salí de Baker Street no podía haber sido mucho más tarde de las siete. ¿Qué había pasado mientras tanto? ¿Sabría Holmes de mi secuestro? ¿Habría sufrido mi amigo un segundo y más efectivo ataque?

Frustrado y asustado la tomé con la puerta, pero las tablas eran de madera gruesa y sólida. La cerradura, de hierro, había sido bien cuidada, y además noté la inconfundible resistencia de un tablón atravesado contra la hoja por la parte exterior. Mis captores no tenían intención de facilitarme las cosas.

Bien, tampoco yo a ellos. Intentando pensar en qué haría Holmes de encontrarse en una situación parecida, examiné cuidadosamente el resto del cuartito. Algunas de las cajas me sirvieron para encaramarme hasta el ventanuco, pero la hoja que lo cerraba estaba tan cubierta de suciedad, hollín y óxido que abrirla hubiera sido casi imposible. Grité pidiendo ayuda tan pegado al sucio vidrio como pude, pero no alcancé a ver señales de viandantes; no se atisbaba nada más que una pared de ladrillos y los adoquines sucios de un callejón.

Cada vez más furioso, bajé de mi improvisado taburete y busqué algo con lo que romper el cristal. El ventanuco era demasiado pequeño para permitirme el paso, y además seguiría teniendo el obstáculo de los barrotes, pero como mínimo conseguiría que mi voz se oyera más lejos. Quizá el sótano se encontraba a poca distancia de alguna calle más transitada. Quizá alguien me oiría y llamaría a la policía.

Quizá fuera ya tarde. La idea me provocó una reacción física, como si me hubieran golpeado, y me obligué a apartar de mi mente las visiones del cuchillo que antes había acariciado mis costillas hundido en el pecho de Holmes. Con un esfuerzo, me centré en lo que tenía a mi alrededor.

La jarra de peltre era demasiado frágil, y el vaso era de barro. No había ninguna piedra ni ladrillo suelto que poder usar, pero debía haber algo que me sirviera, algo que me permitiera escapar. La incertidumbre de no saber qué había pasado en las últimas horas era insoportable. Di dos vueltas más por mi prisión hasta que me convencí de que aparte de intentar cavar un túnel, cosa que me llevaría semanas, no había ninguna manera de salir de allí.

Esto sólo me dejaba una opción. En algún momento George Bull o su socio deberían abrir la puerta, si es que no habían decidido dejarme allí encerrado hasta matarme de hambre. La idea me provocó un repentino escalofrío, pero si me habían dejado agua tenía que suponer que tarde o temprano me traerían comida y que su intención no era asesinarme, sino mantenerme fuera de la circulación hasta haber llevado a cabo sus planes. Contando con ello, dirigí de nuevo mi atención al vaso de barro.

Tendría una sola oportunidad, pero si actuaba con decisión podría ser suficiente: arrojé el vaso contra la pared, elegí un trozo a propósito, terminado en punta y con algo de filo, y lo envolví con mi pañuelo, creando una daga improvisada. Ahora se trataba de esperar; cuando uno de mis captores abriera la puerta intentaría reducirlo y obligarle a mostrarme la salida, contando con que el otro no desearía verme degollar a su compañero.

Era un plan arriesgado y con pocos visos de éxito, pero encontré mucho más insoportable la idea de esperar pasivamente a que llevaran a cabo sus planes contra Holmes, incluso sabiendo que ya podían haberlo hecho. De modo que apresté mi arma, planifiqué cuidadosamente mis movimientos, y esperé.

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Aunque a mí me pareció que la espera duraba una eternidad, según mi reloj apenas había pasado una hora y media cuando oí ruidos al otro lado de la puerta: voces atenuadas, una discusión al parecer. Me coloqué en la pared junto a la puerta, apretando mi arma improvisada en la mano, y escuchando con toda mi atención.

La voces subieron de volumen, aunque todavía me era imposible determinar a quién pertenecían y qué estaban diciendo. Una de ellas parecía muy agitada. Deseé con todo mi ser que la voz perteneciera a George Bull y que eso significara que le estuvieran yendo muy mal las cosas.

Un ruido repentino y muy fuerte me hizo dar un respingo y casi dejar caer mi daga de barro. Sonaron algunos gritos. Me pareció que había más gente con Bull. ¿Qué estaba pasando? Alguien gritó de nuevo, esta vez de dolor, tras el seco e inconfundible sonido de un golpe, y estalló una barahúnda. Oí pasos acercándose y maldiciones y forcejeos a lo lejos.

Confuso pero resuelto, afiancé mi presa sobre mi arma improvisada y tensé todos los músculos, preparado para cualquier cosa. Alguien apartó la tabla de madera; oí la llave girar en la cerradura.

Ahora o nunca, pensé. La puerta se abrió de golpe y una alta figura dio dos largas zancadas al interior del cuarto.

—¡Watson! —dijo una voz ronca que reconocí de inmediato—. ¡Watson, responda!

—¡Holmes!

Mi amigo dio media vuelta y se quedó mirándome un largo instante con los ojos muy abiertos. Tenía un aspecto espantoso: estaba blanco como la muerte, vestido todavía con sus ropas de obrero, la mano cubierta por una venda sucia y el moratón de su pómulo ennegrecido. Una barba incipiente marcaba los ángulos de su rostro y le daba un aspecto cadavérico.

—¡Gracias al cielo! —Holmes soltó un suspiro prodigioso y vino hacia mí, su expresión demudada cambiando a una de profundísimo alivio—. ¿Está bien? ¿Le han herido?

—Si me han… No, no, estoy bien, ¿pero cómo…? —Holmes me miró de arriba a abajo, alargó la mano como para asegurarse de mi solidez, reparó en la punta afilada de barro asomando por mi puño apretado, y sonrió; una sonrisa extraña, dura, que no parecía suya.

—Ah, Watson, y yo que me permití dudar de su valor y su sangre fría. Debí saber que no podrían someterle fácilmente —dijo, y su voz recobró algo de su sonoridad habitual, aunque seguía siendo curiosamente ronca—. Vamos, salgamos de aquí. Todo ha terminado.

La energía que me había animado apenas unos instantes atrás se esfumó de golpe ante esas palabras; dejé caer mi daga y me pasé la mano por los ojos, que se habían nublado de repente. Noté de inmediato la fuerza del brazo fibroso de Holmes sosteniéndome.

—Apóyese en mí —dijo.

—Puedo caminar, Holmes —protesté, y la presa de Holmes cambió, pasando a brindarme la posibilidad de apoyarme en él si me hacía falta pero sin sujetarme. Aunque me habían empezado a temblar las piernas, salí del cuarto por mi propio pie y me encontré con un cuadro que me llenó de satisfacción.

La estancia adyacente era una bodega en desuso, con barriles contra las paredes y una mesa en el centro. George Bull y su compañero, un hombre alto y rubio al que ahora veía la cara por primera vez, estaban en manos de cuatro fornidos agentes de policía. Otros dos agentes estaban registrando la estancia, supervisados por Gregson, que sonrió de oreja a oreja en cuanto me vio.

—¡Doctor Watson! El señor Holmes dijo que le encontraríamos aquí. ¡Qué susto nos ha dado! ¿Se encuentra bien?

—Perfectamente, inspector, muchas gracias —dije, y me alegró constatar que mi voz sonaba mucho más firme de lo que yo me sentía—. Veo que tiene la situación bajo control.

—Y a estos dos también —dijo Gregson con una mueca—. No se preocupe por nada, doctor; estos dos buenos chicos tienen una cita con Old Bailey a la que me aseguraré de que no falten. Su testimonio nos valdrá de mucho para ello.

—No le faltará, inspector —dije, y crucé una mirada con George Bull, que durante un momento se mostró desafiante, pero pronto apartó la vista.

—Eh, vamos, jefe, no le íbamos a hacer daño —masculló—. Sólo queríamos…

—Sé lo que querían —interrumpió Holmes, con voz fría como el acero—. Y deben alegrarse de haber fracasado. Si Watson hubiera sufrido un rasguño, uno solo, pueden estar seguros de que no hubieran salido jamás de esta casa.

Miré a mi amigo, sorprendido por la amenaza descarnada en su tono. Oí carraspear a Gregson. Holmes estaba mirando a Bull, no con la frialdad clínica que solía dedicar a sus sujetos, sino con odio indisimulado y ardiente. Bull balbuceó algo, pero finalmente agachó la cabeza y permitió que se lo llevaran sin oponer resistencia.

—Vamos, Watson —dijo Holmes—. Volvamos a Baker Street. Necesita usted como mínimo un sillón y algo caliente para comer.

—No, Holmes, debo volver a casa. Mi esposa…

—Mi querido amigo, concédame algo de crédito, se lo ruego. Su esposa cree que está usted conmigo investigando un caso, perfectamente a salvo, y que volverá por la mañana a su consulta como siempre. Le envié un cable esta tarde cuando me di cuenta de la gravedad de la situación. No se preocupe; no tiene por qué enterarse de nada de lo ocurrido esta noche si usted no quiere.

El alivio ante mi inesperado rescate no fue nada comparado con el alivio que las palabras de Holmes me provocaron, y tuve que buscar una silla en la que dejarme caer. Oí lejanamente la voz de mi amigo hablando con Gregson, y un momento después algo frío se apretó contra mis labios.

—Beba —dijo Holmes con firmeza. Tomé un trago de algo que resultó ser brandy y que me hizo toser, pero que tuvo la virtud de devolver algo de claridad a mi mente. Enfoqué la vista en el rostro preocupado de Holmes.

—¿Seguro que puede andar? —preguntó mi amigo. Asentí, y con Holmes acomodándose a mi paso aún vacilante, salimos para siempre del lugar en el que tan angustiosas horas había pasado.



MenosmalpobreWatson. ¿Se enterará ahora por fin de la razón del mal rato que ha pasado? ¡No se pierda la resolución de La Aventura del Abrigo Amarillo! ¡La manera más deductiva de empezar la semana!

En el CAPÍTULO SEXTO (y último)...
Explicaciones — El secreto del abrigo amarillo — Consecuencias — Un recado


Comentarios (22)
Enviado por Daurmith el 2014-04-14 a las 07:39


~ 2014-04-07

Llegó el momento. Llegó el temido lunes. Y llegó también el temido ¡capítulo cuarto! de la historia de Holmes. Bueno, no sé si es temido, pero al menos llegó, y con él entramos en la recta final de la historia.

Gracias, como siempre (pero nunca lo suficiente) a todos los que leéis y comentáis, sobre todo aquí y en Twitter; vuestra amabilidad me recuerda por qué empecé un blog y por qué pienso seguir con él (guiño guiño).

Para los que llegan a mitad de película:

En el Capítulo Primero vimos que un Watson bastante hecho polvo va a ver a Holmes, que está en plena forma y lo demuestra sometiendo a su amigo a un bombardeo deductivo. Gracias él sabemos que Watson recibió en curiosas circunstancias un abrigo de color amarillo, que le fue robado y devuelto en cuestión de minutos, incidente que le contó a Holmes en el Capítulo Segundo. Este hecho picó la curiosidad del detective, que se dedicó a investigar, o más bien a enviar a Watson a averiguar más cosas sobre el anterior poseedor del abrigo. En opinión del detective, el abrigo oculta algún secreto importante. Watson, que como se cuenta en el Capítulo Tercero solo quiere dormir, lleva todo el día esperando el prometido mensaje de Holmes respecto a sus progresos en el caso. Cuando tal mensaje no llega, cosa poco habitual en Holmes, Watson decide pasarse por Baker Street...


CAPÍTULO CUARTO



Nuestras habitaciones de Baker Street siempre habían guardado la impronta de la personalidad de Sherlock Holmes antes que la mía. Además de la mesa enteramente ocupada por su instrumental químico o el correo clavado con un cuchillo en la repisa de la chimenea, la salita siempre mostraba una profusión de papeles distribuidos por toda superfice a propósito —y algunas que no lo eran tanto— revelando los diferentes intereses que en un momento determinado ocupaban la atención del detective: partituras, palimpsestos, análisis químicos o periódicos de toda Europa con noticias de criminales eran la decoración habitual de la estancia, que nunca se caracterizó por estar precisamente ordenada.

Sin embargo no fue eso lo que me hizo quedar clavado en el umbral de la salita, helado por un escalofrío que nada tenía que ver con la tarde fría y lluviosa.

La puerta había sido forzada. La mesa de instrumental químico había sido volcada y todo su contenido esparcido por el suelo: vasos, tubos, retortas y redomas desparramadas o hechas añicos sobre la desgastada alfombra. A las pilas de papeles en sillas y mesas auxiliares se unía el contenido de los archivadores de Holmes, abiertos y destripados. El escritorio había sido reventado, y un largo tajo en el sofá por el que asomaban grandes copos de relleno de lana hablaba de una búsqueda violenta pero sistemática. En un rincón, el Stradivarius del que Holmes estaba tan orgulloso parecía haber escapado sin más daños que una cuerda rota. No así una de las estanterías, destrozada en el suelo, ni uno de los bastones de Holmes, partido en dos cerca de la chimenea.

La violencia del registro, el caos de la habitación, y lo que ello significaba me paralizaron unos instantes hasta que un pensamiento todavía más aterrador se abrió paso en mi mente.

—¡Holmes! —grité— ¡Holmes!

—Estoy aquí, Watson —llegó la voz de mi amigo desde su habitación. El alivio me hizo apoyarme contra la jamba de la puerta.

—¡Gracias a Dios! —exclamé, dando un paso al interior—. Holmes, ¿está usted bien? ¿Qué ha ocurrido?

Holmes estaba saliendo de su habitación, vestido con las mismas ropas de trabajo de la víspera. Apretaba un pañuelo contra un lado de la cara con una mano ensangrentada, pero su paso era elástico y seguro.

—¡Una crisis, Watson, una crisis! Confieso que no esperaba que ocurriera tan rápido ni con esta… —su mirada paseó por el destrozo en la habitación— intensidad.

—Y está usted herido —dije, señalando la marca en su pómulo, que Holmes había descubierto para examinar el pañuelo, manchado también de sangre.

—Naderías —replicó mi amigo con un gesto despreocupado de la mano—. Sus servicios son totalmente innecesarios, Watson.

—Eso me corresponde decidirlo a mí —dije con severidad, buscando en vano algún sitio donde poder dejar mi empapado abrigo.

—Me temo que el perchero está roto —dijo Holmes, siguiendo sin dificultad mi tren de pensamiento—. Pero está bien, pase; creo que a los dos nos vendrá bien algo de brandy, en todo caso. Deje el abrigo en cualquier lado, no creo que el estado de las alfombras pueda empeorar mucho más. Le contaré lo que ha ocurrido.

Mientras hablaba, Holmes guardó el pañuelo en el bolsillo y se dirigió a la chimenea para encender el fuego. Yo encontré el botiquín que Holmes guardaba cerca de su mesa de trabajo, en previsión de accidentes durante los experimentos, y entre los dos enderezamos un par de sillones y una mesa.

El brandy había escapado milagrosamente al destrozo. Sólo había sobrevivido una de las copas, pero Holmes rescató un vaso de precipitados que (me juró) estaba limpio. En cuanto el calor del primer sorbo me recorrió los miembros me sentí mejor.

Holmes, por su parte, se había sentado más cerca del fuego que yo. Un leve temblor en la mano que sujetaba el vaso me reveló enseguida que mi amigo no estaba ni mucho menos tan indemne como me quería dar a entender, de modo que eché mano al botiquín.

—Déjeme ver —ordené—, y cuénteme qué ha pasado aquí.

Holmes volvió obedientemente la cara y vi que tenía un fuerte golpe en el pómulo, que empezaba a ennegrecerse. La fuerza del impacto había roto la piel en un corte por el que todavía escapaban algunas gotas de sangre.

—Esto no es un golpe leve —dije, limpiándolo con cuidado—. ¿No tiene más heridas? Enséñeme la mano.

—¿La mano? —Holmes se miró sorprendido los nudillos reventados—. Ah, no es nada: consecuencias inevitables de golpear con cierta fuerza la cara de un hombre.

—Que le devolvió el favor con creces.

—Tenían porras. Y en todo caso se fueron chasqueados. ¡Pensaron en serio que podían registrar Baker Street y encontrar algo que yo no deseo que sea encontrado! ¡Ja! —Holmes sonrió e hizo una mueca cuando el gesto hizo despertar la magulladura de su pómulo.

—¿El abrigo? —pregunté, empezando a limpiar los nudillos desollados de mi amigo.

—Por supuesto. Cuando mis telegramas no obtuvieron fruto y una nueva incursión al East End se reveló igualmente inútil me dirigí a Scotland Yard con la idea de pedir un favor a Lestrade. Pero poco antes de llegar a Victoria Street me di cuenta de que me seguían.

“Sabe usted, Watson, que Londres, aparte de mi hogar, es mi territorio y mi coto de caza. Puedo decir sin falsa modestia que nadie con vida hoy conoce esta ciudad mejor que yo, de modo que no me costó gran cosa despistar a mis perseguidores, y menos aún encontrarlos y seguirlos a mi vez sin que me vieran.

“Durante cosa de una hora me divertí mucho viendo cómo discutían entre ellos sobre qué convenía hacer. Pero en cierto momento mi optimismo me jugó una mala pasada porque tomaron un coche en una calle transitada y les perdí de vista. Si me estaban siguiendo, ¿era para saber dónde estaba, o para determinar dónde no iba a estar? La respuesta era obvia. Deduje de inmediato que irían a Baker Street, pero por desgracia, aunque me di toda la prisa que pude, me habían sacado cierta ventaja.

“Cuando llegué encontré las habitaciones como usted las ha visto, y a Bull y a su socio destripando mi dormitorio con más entusiasmo que técnica. Cruzamos —Holmes indicó la herida de su cara con la mano libre— ciertas palabras, como ha podido ver. Me satisface decir que ambos abandonaron rápidamente todo intento de seguir con su empresa y salieron escaldados a más que respetable velocidad. Me extraña incluso que no se los cruzara usted.”

—Me alegro de no haberlo hecho. No creo que hubieran salido tan bien parados como usted los dejó —gruñí, mientras aplicaba yodo a uno de los nudillos de Holmes, que siseó—. Estese quieto. ¿Por qué no llamó a la policía?

—La policía, la policía… Llamaré a la policía cuando crea que la policía puede ser de alguna utilidad —rezongó Holmes —. ¿Ha terminado ya? No, no, no la vende.

—Holmes, no es prudente que deje sus manos desprotegidas. Maneja usted productos químicos y venenos con frecuencia —dije—. Una herida abierta…

Holmes me cortó con un gesto.

—No es momento de experimentos de química, doctor, sino de… ¡por Júpiter!

Mi amigo se levantó bruscamente, haciéndome tirar el frasco de yodo y las hilas de algodón.

—Holmes, ¿es que no es capaz de estarse quieto ni siquiera para…? —empecé a decir, irritado.

—¡Watson! ¡Watson, soy un bobo, un ciego inútil, un cretino que no ve más allá de sus narices, un completo y absoluto incapaz! —en su excitación, Holmes se había puesto a pasear arriba y abajo por delante del fuego, gesticulando como un poseso—. ¡Merezco trabajar para Scotland Yard como su chico de los recados, merezco ser el limpiabotas de Lestrade!

—¡Holmes! —durante un instante me alarmé, creyendo que durante su pelea con los intrusos Holmes se había llevado algún golpe más fuerte de lo normal en la cabeza, pero de inmediato quedó claro que la causa era enteramente otra, cuando mi amigo entró en su habitación de un salto, hurgó en ella unos instantes —durante los que escuché el ruido de porcelana rompiéndose— y reapareció con el abrigo en la mano. Revisó rápidamente algo en el forro y las costuras a la altura del cuello, olisqueó la tela, y luego echó la cabeza hacia atrás y se echó a reir.

Mientras tanto yo me dediqué a recoger mis cosas, irritado por el desprecio de mi amigo por mis consejos médicos, pero secretamente complacido al ver su evidente e incluso contagioso deleite.

—¿Entiendo que esto quiere decir que tiene el caso algo más claro?

—¿Algo? Mi querido amigo, está claro como la luz. Si no lo vi antes fue porque no tenía a mi Watson conmigo.

—¿A mí?

—A usted. ¡Pero no hay tiempo que perder! Debo enviar unos telegramas urgentes, si nuestros visitantes me han dejado con qué hacerlo, y avisar a Scotland Yard de inmediato. ¡Cuando dije que este caso era más de lo que parecía no me equivocaba! Y respecto a usted, Watson —soltando el abrigo, Holmes vino hacia mí y me agarró por los hombros—, ya he abusado bastante de su paciencia y de su amistad. Váyase a casa, descanse, y no se preocupe por nada.

—Pero Holmes, si ha resuelto el caso…

—No nos confiemos, Watson —replicó Holmes, con los ojos brillantes—. Digamos que he dado con una explicación que concuerda con los hechos. Pero sería aventurado por mi parte decir que lo he resuelto. Necesito confirmación de unos cuantos datos y no la podré conseguir sin algo de trabajo previo.

Mientras hablaba, Holmes me había guiado con cortés firmeza escalera abajo hasta la calle.

—Sabe usted —dije con toda la convicción que pude reunir, ya en la acera— que puede contar conmigo si necesita ayuda.

—No se me ocurriría dudarlo ni por un momento, Watson —dijo Holmes afectuosamente desde el umbral—, pero le aseguro que en estos momentos no es necesario. Insisto en que pase una buena noche de descanso. Mañana, estoy seguro, tendré en mis manos todos los cabos sueltos y podré ofrecerle una explicación enteramente satisfactoria.

No había manera de hacer cambiar de opinión a Holmes cuando se había decidido por un curso de acción, y en cualquier caso entendí la fuerza de sus argumentos, de modo que me despedí de él y eché a andar calle abajo, buscando un coche que me llevara de vuelta a mi hogar.

                                                                                       
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No sabría decir exactamente en qué momento me di cuenta del peligro que corría. Las calles de Londres nunca han albergado un terror especial para mí, de día o de noche, y probablemente mi cansancio fue suficiente para evitar que me diera cuenta de que me estaban siguiendo. Cuando por fin lo noté, ya era tarde.

Las pisadas de los dos hombres llevaban algún tiempo sonando detrás de mí, pero sólo reaccioné cuando se acercaron más allá de lo que la cortesía dictaba. No pude hacer gran cosa: uno de ellos me aferró por el cuello desde atrás, y aunque reaccioné con violencia, por puro instinto, tenía la ventaja de la sorpresa. El otro apretó inmediatamente algo duro contra mi costado, conminándome a no emitir ni un sonido, y entre los dos me arrastraron como si fuera un pelele a un portal oscuro. Allí el que me tenía agarrado afianzó su presa mientras el otro, todavía apretando lo que parecía un cuchillo contra mis costillas, hurgaba en un bolsillo. El olor dulzón del éter llenó mi nariz, y en un instante me di cuenta de lo que pretendían.

Redoblé mis esfuerzos, intenté gritar, pero el trapo fue aplicado contra mi boca y nariz y pronto sentí que perdía el conocimiento. Mi último pensamiento consciente fue Holmes, he dejado solo a Holmes.

Luego me sentí caer con el zumbido de un millar de colmenas llenando mis oídos.


¡Watson! ¿Pero qué...? Bueno, mejor no digo nada. Nos vemos el lunes que viene con el siguiente capítulo, el quinto. Y penúltimo.

En el (ya publicado) CAPÍTULO QUINTO...

¿Cuánto tiempo...? — Una puerta y una ventana — Planes — Conmoción.

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Comentarios (15)
Enviado por Daurmith el 2014-04-07 a las 07:06


~ 2014-03-31

¡Buenos días y buenos lunes! No me miréis así, tienen al menos una cosa buena: ¡nuevo capítulo! Watson y Holmes hacen algo de trabajo de campo y... Y ahí abajo lo tenéis.

Mil y mil gracias a todos los que habéis leído la historia, y millones más de gracias a los que la habéis comentado, aquí o en Twitter (@Daurmith) o en Facebook. ¡Sois geniales!

A partir de ya la historia se aparta un poco del Canon holmesiano en forma, ya que no en espíritu, y lo hará más en las entregas que quedan. Este capítulo cierra la parte más teórica, por así decir, y el ritmo cambia muy claramente a partir del siguiente.

Para los despistados:

El trailer: porque toda historia necesita un trailer. O no, pero yo hice uno.

El Capítulo Primero: Watson, Holmes, Baker Street, la señora Hudson... ¡Todo lo que un Holmesiano con mono podría desear!

El Capítulo Segundo: Watson trae a la atención de Holmes un abrigo amarillo que parece albergar algún secreto. ¡Incluye arenques!

Y hoy...



CAPÍTULO TERCERO


El cochero que me llevó de vuelta a casa aceptó de buena gana esperar a que subiera a por dinero para pagarle, y pronto recuperé el reconfortante peso de algunas monedas en mi bolsillo. El trabajo que mi ausencia había acumulado en la consulta me llevó a postergar una más que necesitada siesta; durante el resto de la mañana mis pacientes hicieron que el problema que me había llevado a Baker Street desapareciera por completo de mi mente, hasta que recibí un telegrama de Holmes.

URGE DESCRIPCIÓN MANOS WEIR. H.

Suspiré. Las peticiones de Holmes solían ser extrañas e inopinadas, y pocas veces condescendía a explicar las razones que le llevaban hacerlas. Pero aunque mi amigo podía ser extraordinariamente poco considerado con el tiempo de los demás, la experiencia me había enseñado que raras veces actuaba así por capricho.

Describir las manos de Frank Weir con el detalle que sabía que Holmes requeriría estaba más allá de lo que mi memoria podía retener; sería necesario examinar el cuerpo, de modo que me resigné a sacrificar todavía más de mi tiempo por ayudar a mi amigo. En este caso no me costó mucho averiguar qué había sido del cadáver, pero dado que era un hombre sin familia fallecido por causas naturales me encontré con toda clase de obstáculos para conseguir la documentación necesaria. Finalmente, gracias a los contactos que todavía mantenía en el St. Bart’s, pude conseguir el certificado de defunción en el que figuraba el nombre del mortuorio donde habían llevado el cuerpo de Weir, en el Beaumont Hospital del East End.

Telegrafié al hospital indicando mi interés por el cuerpo, y acudí en cuanto el flujo de pacientes se calmó un poco, más o menos a media tarde. A lo largo de la mañana el cielo se había cubierto de unas nubes pesadas como lana sucia, cargadas de agua, que no hacían presagiar nada bueno para el resto del día. Efectivamente, durante el largo trayecto en coche desde mi consulta hasta el East End el cielo se oscureció casi por completo, y mi primera visión del Beaumont Hospital no pudo ser más desoladora y triste.

El nombre de “hospital” no era exactamente correcto; en una zona de Londres tan pobre como el East End no faltaban hospicios y dispensarios donde personal más entregado que equipado hacía lo que podía para aliviar la miseria de los residentes. Beaumont no era más que una clínica que se identificaba como hospital simplemente por razón de su tamaño y por contar con una pequeña sala de operaciones apenas poco mejor provista que el salón de cualquier barbero.

Aun así, encontré los pasillos en orden y las instalaciones escrupulosamente limpias. Un ordenanza me llevó al despacho del doctor Sanders, que estaba a cargo del mortuorio y que me saludó con cordialidad.

—Confieso no entender su interés por este cadáver en concreto, doctor Watson, pero si puede ser de ayuda para los casos del señor Holmes estaré encantado de poder ayudar. Soy un gran admirador de sus relatos en el Strand.

—Es usted muy amable, pero no le puedo prometer que este caso acabe publicado —dije a mi vez—. Seguramente no será nada de interés.

El mortuorio estaba en un sótano alicatado que libraba una batalla desigual contra la humedad del subsuelo. Mi nariz se vio asaltada por el familiar olor a carbólico y alcohol metílico, acompañado en este caso del hedor del barro y las alcantarillas. El doctor Sanders encendió las lámparas de gas, que arrojaron apenas unas llamitas mortecinas, y salió discretamente de la sala.

Weir estaba sobre una de las mesas de piedra, cubierto por una sábana que claramente había cubierto antes otros cadáveres. Era un hombre bajo y fuerte, empequeñecido ahora por la muerte. Sus manos delataban al trabajador manual: callosas, de uñas rotas y ennegrecidas, con la piel manchada y descolorida por alquitrán ardiente y otras sustancias. Sin saber exactamente qué estaba buscando, pero consciente de la importancia que tenían los detalles para Holmes, estudié todo lo que pude las manos del cadáver. Aparte de las manchas y de multitud de pequeñas cicatrices, sin duda ocasionadas por sus años de trabajo manual no hallé en ellas nada reseñable, pero hice un estudio tan minucioso como pude, lamentando no haber tenido la previsión de traer una lente de aumento y quizá una mejor fuente de luz.

Cuando terminé ya había oscurecido; un anochecer adelantado por nubes de tormenta que estaban descargando un espeso aguacero sobre las calles sin pavimentar del East End. Lo más sensato, pensé en ese momento, sería buscar algún pub o incluso un hostal en el que guarecerme hasta que escampara, pero lo melancólico de mi misión, lo miserable de mi entorno y mi propio cansancio me llevaron a adoptar la menos sensata resolución de caminar a buen paso por Mile End Road, en busca de algún coche que se hubiera aventurado a salir con semejante tiempo para que me llevara a casa.

Como resultado, al poco estaba completamente empapado y de pésimo humor, y no ayudó que el coche que tomé se negó en redondo a llevarme de vuelta hasta mi consulta en Paddington.

—Los caballos ya no pueden más, jefe —dijo—. Toda la tarde de acá para allá y ahora el agua y todo el mundo con prisas. Le llevo hasta el Soho si quiere, allí encontrará más coches, pero yo tengo que retirarlos o se pasmarán.

—Lléveme a Baker Street —suspiré—. Supongo que sus caballos aguantarán hasta allí. Le pagaré una guinea extra.

El cochero aceptó a regañadientes. Una nota de la señora Hudson me informó de que se había ausentado unos días para visitar a sus parientes en Aberdeen de modo que subí sin más ceremonia, dejando un reguero de agua en la alfombra. La luz que se colaba por debajo de la puerta me indicó que Holmes estaba en casa; dispuesto a soltar al detective una diatriba sobre la conveniencia de enviar a sus amigos a encargos extraños al otro lado de Londres con semejante tiempo, llamé a la puerta y abrí sin esperar respuesta.

La acogedora salita de Baker Street me pareció un puerto de salvación tras la tarde oscura e inclemente. Durante un instante, pese a mi irritación, me encontré deseando no tener que volver a casa esa noche.

—¿Holmes?

—¡Watson! —Holmes apareció secándose las manos en una toalla. Iba vestido con una raída chaqueta de paño azul y pantalones grises manchados de barro: sin duda uno de sus disfraces—. ¡Me alegro de que haya podido venir! ¿Qué ha averiguado respecto a las manos de Weir?

—Nada inesperado: trabajador manual, múltiples cicatrices antiguas y recientes por el trabajo. Principio de artrosis, nada grave. Quemaduras, todas ellas relativamente recientes, seguramente del alquitrán. Varias decoloraciones y manchas de productos químicos. Podría haber averiguado algo más si me hubiera explicado usted qué quería que buscara exactamente.

—No creí que fuera necesario —dijo Holmes, examinando las notas que le entregué—. Usted conoce mis métodos, amigo mío. No debió serle difícil deducir…

—Holmes —interrumpí—, estoy aterido, cansado, y probablemente a punto de caer enfermo. Llevo todo el día recorriéndome Londres de punta a cabo, he renunciado a volver a mi hogar por contentar a un cochero perezoso, y estoy descuidando a mis pacientes y a mi esposa más de lo que mi conciencia me permite. No tengo ni la inclinación ni el humor para deducir nada más allá de que ha estado usted fuera de Baker Street y que acaba de llegar, igual que yo.

—Ah, Watson, le ruego mil perdones —dijo Holmes, contrito—. Tiene usted razón, por supuesto; le pondré al corriente. Cuando usted se fue me vestí como ve y pasé la mañana en el East End, aprendiendo sobre nuestro difunto amigo Frank Weir.

—¿Weir?

—Sin duda es la clave de todo este asunto. ¿Por qué tenía el abrigo? ¿Quién era exactamente? Su presencia en Londres es conocida desde hace cosa de un año, pero antes de eso he sido incapaz de averiguar dónde estaba o lo que hacía. Es una de las razones por las que le envié el telegrama: las manos de un hombre pueden decir más sobre su vida que cualquier documento oficial.

“Mientras tanto, me dediqué a comprobar una de mis sospechas, es decir, que George Bull no conocía a Weir de nada y su pretendida amistad no fue más que un pretexto para atraerle a usted al East End”.

—¿A mí?

—A usted, e indirectamente, a mí —Holmes parecía satisfecho como el proverbial gato que se ha comido la crema—. George Bull fue quien le atacó. Sin duda buscó a algún otro compinche para reforzar la pantomima. Recuerde que no se llevaron su maletín, un valioso botín para cualquier atracador: fue todo una farsa. El hecho de hacerle protagonista del falso atraco y devolverle luego el abrigo amarillo no fue casual; sabían que sería el tipo de incidente que usted no podría dejar de traer a mi atención. Watson, alguien está muy interesado en averiguar el secreto que guarda su abrigo.

—¿Quiere decir que me utilizaron para despertar su interés?

—Ni más ni menos eso, Watson. No se sienta mal. El método es ingenioso y me reconcilia en cierto modo con la clase criminal londinense. Al menos tienen el buen criterio de leer sus historias en el Strand, y ciertamente consiguieron su objetivo.

—Y a mí me costaron un buen abrigo —renegué. Me era difícil simpatizar con Holmes y su renovada apreciación por el redescubierto ingenio de los criminales locales. Holmes concedió el punto con una sonrisa y una inclinación de cabeza, pero rápidamente se puso serio.

—La pregunta, obviamente, es cuál es el secreto del abrigo. No puede ser algo trivial, o sus atracadores lo hubieran averiguado fácilmente sin más que sustraérselo a un Weir moribundo. Por eso necesitaban traer el abrigo a mi atención.

—¿Y por qué no vinieron a verle directamente?

—Watson, Watson —Holmes movió la cabeza—, si no supiera lo cansado que está pensaría algo poco amable. Es obvio que el secreto de ese abrigo no pertenece legítimamente a quienquiera que lo esté buscando y debe intentar obtenerlo con subterfugios.

“Antes de ir al East End examiné el abrigo de todas las maneras que pude. No tuve ningún éxito: no hay nada oculto en la tela, en el forro, en los bolsillos, en las costuras. Pensé en desmontarlo pieza a pieza, pero ¿y si el secreto tiene que ver con la dirección de la trama, de la urdimbre, el número de botones, la disposición de los bolsillos…? No es trivial, Watson, no es trivial. No es algo tan prosaico como un papel oculto, es sin duda algo más. Algo sutil e ingenioso.”

Los ojos de Holmes brillaban y con sus ropas gastadas y su sonrisa de cimitarra tenía un alarmante aspecto de rufián. Raras veces había visto al detective más animado: sabía bien que niguna situación era más agradable para él que la perspectiva del estímulo intelectual, y esperé, sin mucha esperanza, que su entusiasmo no le llevara a extralimitarse físicamente.

—¿Y tiene usted idea de qué tipo de secreto es?

—Si supiera qué es, sabría dónde buscarlo —dijo Holmes, apretando un puño—, pero no sé suficiente aún, me faltan datos. Mi incursión al East End ha conseguido, aparte de identificar a George Bull como uno de sus atacantes, apenas poco más que corroborar lo que ya sabíamos: que Weir era un hombre solitario que trabajaba en una fábrica de toneles, y que llevaba en Londres poco menos de un año. Sus notas me dicen que seguramente su trabajo anterior no fuera en una fábrica de toneles, pero aparte de eso poco más puedo sacar en claro. ¡No, no es culpa suya! Debería haber ido yo, pero no he dominado aún el arte de estar en dos sitios a la vez —sonrió—. Sherlock Holmes hubiera sido una presencia demasiado reconocible y llamativa en el East End, mientras que el poco recomendable Jake Alcott —indicó su disfraz con un gesto de la mano— hubiera tenido algún problema para acceder al cadáver de Weir.

—Sea lo que sea que oculte el abrigo —comenté—, no esperarán que colabore usted con ellos revelándoles el secreto cuando lo descubra…

—Le agradezco ese “cuando”, Watson —Holmes se inclinó—. Pero no es ni mucho menos seguro que descubra el secreto. Sus atacantes han acudido al Holmes mítico de sus relatos del Strand, no al real y muy falible Holmes que tiene usted delante. De todos modos, es pronto para admitir la derrota. Tengo varias pesquisas en curso que pueden aún dar algún resultado. Oír hablar a Weir me hubiera dado las pistas que necesito, pero es tarde para eso.

“Inútil llorar por la leche derramada, en todo caso. Por el momento yo necesito reflexionar y usted necesita descanso. ¿Qué le parece si nos vemos de nuevo mañana? Le enviaré un mensaje cuando tenga respuesta a algunos telegramas; venga entonces y veremos si hay manera de resolver el misterio de su abrigo.”

Holmes en persona llamó un coche y se aseguró de depositarme en él sano y salvo con una solicitud que parecía querer compensar su anterior indiferencia. A esas alturas del día mi interés por el caso del abrigo había disminuido notablemente, y lo único que deseaba era una buena noche de sueño y poder disfrutar de un día de descanso ininterrumpido.

                                                                                                   
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Esa noche, sin embargo, no descansé apenas: una fiebre incipiente me mantuvo en un duermevela agotador en el que se mezclaban extrañas imágenes. Holmes, vestido con el abrigo amarillo, caminaba por el East End; un Weir pálido e hinchado asomaba por detrás de una tapia de tablones emitiendo balbuceos sin sentido e intentando agarrar a mi amigo, que caminaba demasiado rápido para él. En cierto momento me encontraba en el mortuorio del Beaumont Hospital, de nuevo frente al cadáver de Weir, cuyas manos estaban grotescamente hinchadas. Holmes aparecía de súbito tras de mí y me decía al oído “Debió haberse fijado usted, Watson”, para acto seguido desaparecer por una puertecilla que yo intenté abrir en vano.

Como resultado, desperté de pésimo humor y más agotado todavía que la víspera. Hice lo posible por volcarme en el trabajo, pero a medida que transcurría la mañana me encontré pensando en Holmes. No había enviado ningún telegrama ni mensaje como prometió, cosa nada habitual en él. Imaginé que sus pesquisas no habrían tenido éxito, y no puedo decir que me extrañara. Había llevado el abrigo a Holmes como curiosidad, pero no podía ver en el caso, si es que realmente era un caso, la importancia que Holmes parecía asignarle. Lo único llamativo era el ingenio con que mis atracadores me habían manipulado para hacer llegar el abrigo al detective.

Por mi parte, no podía ver qué secreto podía guardar una prenda de ropa como para atraer hasta tal punto el interés de Holmes. No estaba ligada a una historia más escabrosa que la muerte natural de un hombre. Quizá en alguno de sus innumerables contactos con el mundo del hampa Holmes había recibido información que le permitía realizar una conexión que a mí se me escapaba.

En cualquier caso, el silencio de mi amigo no me preocupó en exceso hasta la tarde, cuando el doctor Jackson, vecino y colega mío desde que me mudé a Paddington, pasó por mi consulta.

—Buenas tardes, Watson —dijo—. Disculpe la intromisión, pero he visto luz y pensé en venir a ver si podía ayudarle en algo.

—¿Ayudarme?

—Ayer no le vi apenas por la consulta; temí que se hubiera puesto enfermo.

—Ah. Es usted muy amable, pero no se trata de nada por el estilo. Tuve que hacer algunos recados.

—Sin embargo no tiene usted buena cara…

—No es más que trabajo acumulado —suspiré—. No parece que vaya a poder ponerme al día con los casos atrasados.

—¿Quiere que le eche una mano? No me costaría mucho. Dos de mis pacientes han anulado sus citas hoy, y no me importa decirle que agradeceré el trabajo.

La amable oferta de Jackson me permitiría tomar una comida caliente y recuperar algunas más que necesarias horas de sueño. Por otro lado también me permitiría ir a Baker Street a averiguar la razón del silencio de Holmes; cuanto más pensaba en ello más curioso me resultaba no haber recibido noticias del detective.

Y aunque no tenía ningún motivo para ello, o al menos ninguno que Holmes hubiera encontrado racional, resolví renunciar de nuevo a mi propia comodidad y me encaminé a Baker Street. Sabiendo ahora como sé lo que allí me esperaba, mi mayor error fue no coger mi revólver.


¿Qué ocurrirá cuando Watson llegue a Baker Street? ¿A qué se debe el silencio de Holmes? ¿Cuál es el secreto que esconde el abrigo amarillo? ¡No te pierdas, lector fiel, los siguientes capítulos de La Aventura del Abrigo Amarillo! ¡Cada lunes en su Biblioteca de Babel!

EN EL (¡no se lo pierda!) CAPÍTULO CUARTO...

Lo que espera a Watson en Baker Street — La importancia de los vasos de precipitados — Londres de noche — He dejado solo a Holmes.


Comentarios (9)
Enviado por Daurmith el 2014-03-31 a las 06:37


~ 2014-03-24

¡Sí! ¡Lunes de nuevo, y nuevo capítulo! Antes de nada, quiero daros las gracias por lo increíblemente amables que habéis sido, aquí y en Twitter y en Facebook, leyendo y comentando el capítulo anterior. Espero poder seguir entreteniéndoos un ratito por semana durante mñbsbsbs... cuatro semanas más, extras aparte.

Para los que llegáis a mitad, ¡útiles enlaces gratis!:

El trailer más cutre del mundo.

El Capítulo Primero, en el que Watson va a visitar a Holmes y se encuentra con una doble dosis de deducciones.

Y hoy toca el...


CAPÍTULO SEGUNDO



Percibiendo con facilidad mi estado de ánimo, Holmes sonrió.

—Pero veo que mi pequeño juego ha hecho más mal que bien y le ha sumido en la melancolía, querido amigo. Espero que eso no acorte su visita, después de tanto tiempo sin vernos.

—No, en absoluto, Holmes —dije, sacudiéndome de encima la nube que se había cernido sobre mi ánimo—. ¡Al contrario! Ver que sigue usted en forma es un tónico para mí. ¿Está trabajando en algún caso ahora mismo?

—Nada que no pueda esperar —Holmes hizo un gesto de indiferencia hacia los papeles que cubrían el suelo—. Como ve no faltan peticiones. Pero Watson, Watson, ¡qué anodinas, qué insípidas, qué banales peticiones todas ellas! ¿Qué se hizo del genio criminal? Robos, extravíos, los más sórdidos affaires del corazón, casos comunes y corrientes que el más estólido de los agentes de Scotland Yard podría resolver sin moverse del pub. ¡Mire este! —y mi amigo agitó un telegrama ante mis narices—. Una dama que me consulta por el extraño comportamiento de su perro ante su marido. ¿De qué sirve la tan cacareada intuición femenina, si no puede detectar a la amante que su acompañante canino olfatea en el esposo? ¡O este! —el telegrama salió despedido de los largos dedos de Holmes y su mano voló hasta una carta escrita en grueso papel color crema—. Un alemán, un tal Herr Martius con un dominio atroz de nuestro idioma me envía esta carta con matasellos de Ludwigshafen, imagínese, y me explica que sus “intereses de negocios” le impulsan a pedirme que busque a un químico inglés, como si yo fuera una agencia de colocación. ¿Y qué le parece esta nota de Roderick Babbington, pañero de Liverpool, que me pide consejo para encontrar su alianza, perdida hace dos meses durante un viaje a Leeds? ¿O la de esta joven de Glasgow, que quiere saber si su prometido es realmente tan acomodado como dice ser? ¿En qué me he convertido, Watson? ¡De detective consultor a consultor sentimental!

Pese a mi cansancio y mi negro estado de ánimo, no pude evitar una sonrisa ante la dramática expresión que adoptó Holmes durante su perorata.

—Supongo que es lo que se puede esperar tras sus muchos y espectaculares éxitos, amigo mío —dije—. El público le considera más que infalible. ¿No tiene entonces ningún caso que atraiga su interés?

—Mi tiempo ahora está mejor aprovechado en el estudio paleográfico de un manuscrito que me prestaron hace unas semanas. Es decir —se corrigió—, hasta que ha llegado usted con su pequeño problema. Dígame, ¿cómo puedo serle de ayuda, mi querido Watson? ¿Quizá quiera encontrar al dueño del abrigo que ha traído al brazo?

—Debí haber sabido que no podría engañarle durante mucho tiempo, Holmes —repliqué, ensanchando mi sonrisa.

—Ha venido usted con el abrigo al brazo y vuelto del revés, con el forro por fuera, para ocultar que no es el suyo —dijo Holmes amablemente—. Aunque admito que le hubiera sido difícil; este nuevo abrigo parece más largo que el suyo y a la vez de un tono demasiado llamativo como para pasar desapercibido al observador atento.

Fui a levantarme para recuperar la prenda pero Holmes, con un gesto, me conminó a quedarme sentado mientras él se levantaba de un salto y la recogía.

—Veamos —dijo, desplegando el abrigo, examinándolo desde todos los ángulos y finalmente metiendo un brazo por una de las mangas—. Un Ulster con forro de algodón gris y tela del más extraordinario y desafortunado color amarillento que haya visto nunca. Le considero hombre de gusto, Watson; usted jamás se pondría esta prenda. ¡Ah! Interesante. Este abrigo pertenció originalmente a un hombre un poco más alto que yo, y casi igual de delgado. Fue hecho a medida, pero no por un profesional. Sin embargo, en los últimos meses ha sido la posesión de un hombre más bajo y robusto, trabajador en los muelles del East End, sin familia, zurdo, acostumbrado a mascar tabaco y que en los últimos meses sufrió un grave declive en su salud. Vaya, vaya, Watson: este abrigo era de su fallecido paciente.

—Debería estar acostumbrado a sus métodos a estas alturas —dije moviendo la cabeza—, pero siempre consigue usted sorprenderme con algo. Sí, este abrigo perteneció a mi paciente de anoche. Me di cuenta de que el abrigo no era suyo, como usted dice, porque hay signos evidentes en las mangas de que el abrigo se llevó durante bastante tiempo arremangado, para ajustarse a los brazos más cortos de mi paciente. Del mismo modo vi la tensión que casi ha deformado la tela junto a los botones, indicando que se ha llevado abrochado, muy apretado, sobre un pecho más ancho que el del poseedor original.

—¡Brillante, Watson! Impecablemente deducido.

—Gracias, pero confieso que mis deducciones no han llegado más allá. Debí haberme dado cuenta de las salpicaduras de tabaco de mascar en la pechera, pero ¿cómo sabe que el abrigo no fue confeccionado por un prof...? Oh, por supuesto —caí en la cuenta—: no hay etiqueta y la confección es algo deficiente en las costuras más complicadas, como el cuello o la sisa. Pero ¿zurdo?

—Hay restos de una pastilla de tabaco de mascar en el bolsillo izquierdo, y únicamente en el bolsillo izquierdo. No muchos, es verdad, y podrían haber pasado desapercibidos al observador casual —dijo Holmes generosamente—. En cuanto a su condición de solitario: este abrigo no ha sido cepillado ni lavado desde que salió de manos de su poseedor original.

—¿Y sabe que el abrigo era de mi paciente porque ha deducido que he venido directamente desde su casa con él?

—Por eso, y porque el botón del cuello casi no ha sido usado, salvo en los últimos meses. Observe el estado del primer ojal, comparado con el de sus vecinos del pecho: apenas está rozado y no se ha deformado, como los otros, pero tiene signos claros de uso reciente. Su paciente empezó a llevarlo abrochado hasta el cuello pese a que el tiempo ha sido cálido las últimas semanas. La causa sólo puede ser que el declive en su estado general le provocara escalofríos, que aliviaba abrigándose en la medida de lo posible.

—¡Asombroso, Holmes!

—Es un interesante ejercicio —dijo Holmes, contemplando sonriente la prenda, que sostenía con el brazo extendido—, pero no mucho más. Watson, usted no se hubiera desviado de la perspectiva de un baño y una merecida siesta para traerme este abrigo si no hubiera algo más, algo que todavía no me ha contado. Algo que quizá tenga que ver con el hecho de que ha atendido usted a un hombre en el East End, cuando su práctica está muy alejada de esa zona.

—En efecto. Este abrigo ha sido el motivo de un extraordinario incidente esta misma mañana, y me he apresurado a venir a verle para contarle todo el caso y ver qué puede usted sacar en claro.

Holmes dejó el abrigo sobre una silla, se sentó en el sofá frente a mí y, juntando las yemas de los dedos y entrecerrando los ojos, se dispuso a escucharme. Era diferente colaborar con Holmes en uno de sus casos que ser, por así decir, el cliente y por tanto el foco de toda su atención. No pude evitar cierto nerviosismo, sabedor de la impaciencia de mi amigo con los detalles que consideraba innecesarios.

—Mi paciente se llamaba Frank Weir, y trabajaba, como usted dice, en una fábrica de toneles de los muelles. Y efectivamente, no es uno de mis pacientes habituales. Le contaré los hechos en el orden en que ocurrieron.

—Será lo mejor —musitó Holmes, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada contra el respaldo, como si hubiera decidido echarse una siesta. Sin dejarme engañar por su aparente languidez, empecé mi relato.

—Anoche vino un hombre a buscarme a la consulta. Se presentó como George Bull. Me dijo que un gran amigo suyo estaba muy enfermo y que le había rogado que me avisaran: a mí, personalmente. Me extrañó que mi nombre fuera conocido en el East End, pero el hombre parecía sincero, y la descripción de los síntomas de su amigo lo bastante alarmante, de modo que fui con él.

—Mi buen viejo Watson —murmuró Holmes.

—La residencia del paciente estaba en Duckett Street. Sin duda conoce usted la zona, Holmes: calles estrechas de las que se ha enseñoreado la suciedad, fachadas de ladrillo ennegrecidas de hollín a través de cuyas ventanas se atisban retazos de las miserables vidas de sus residentes, entre desconchones y humedades. Los indicios de la decadencia moral de…

—Sí, sí, sí, Watson —Holmes movió impaciente una mano—. Sea tan amable de dejar los embellecimientos literarios para sus publicaciones en el Strand.

—Bien —seguí, algo incómodo—, Bull me llevó a unas habitaciones oscuras en la parte trasera de una de las casas de Duckett Street. Una pensión, en realidad. Allí estaba Frank Weir, en su cama, presa del delirio y ya insensible. Reconocí rápidamente los síntomas de una infección respiratoria que se había generalizado, y aunque hice lo que pude por él durante toda la noche, el resultado fue el que usted ya ha deducido. Murió poco antes del alba.

“Bull estaba esperando fuera y en cuanto supo del fatal desenlace me ayudó a hacer todos los trámites oportunos. En el caso de una muerte natural son pocos y sencillos, de modo que acabamos en poco tiempo. Como usted ha deducido, además, el difunto no tenía familia. Bull se disculpó porque no podía pagarme, y me ofreció el abrigo de Weir como compensación. ‘Sé que al bueno de Frank le hubiera gustado que usted lo tuviera, doctor’, dijo, y aunque intenté negarme Bull fue tan insistente que me fue imposible. Dijo que Weir apreciaba mucho su abrigo, que no podía dejar que me fuera sin dejar una muestra de aprecio por mi consideración... En suma: cedí, pensando que así ahorraríamos tiempo y discursos de agradecimiento.”

—Ese tal George Bull —dijo Holmes—, ¿podría usted describirlo, Watson?

—Un hombre joven, bajo y delgado. Moreno, bastante bien parecido, de piel pálida. Con una cicatriz en la frente que le llegaba al nacimiento del pelo —indiqué la dirección sobre mi propia frente. Holmes asintió.

—Por favor, prosiga.

—Me encaminé hacia Mile End Road para buscar un coche, con el abrigo al brazo. Y en un callejón, dos hombres con la cara tapada y armados con porras me asaltaron y me robaron el dinero y los abrigos: tanto el que llevaba puesto como el que me acababa de entregar George Bull.

Los ojos grises de Holmes, entrecerrados hasta ahora, se abrieron de golpe y su expresión se animó extraordinariamente. Se echó hacia delante en su asiento; su voz adquirió las cadencias secas e intensas que le eran propias cuando un caso despertaba todo su interés.

—Pero no su maletín.

—No, sólo querían el dinero y el abrigo. O más bien los abrigos.

—¿Hablaron ambos?

—Sólo uno de ellos. El otro, el más alto, parecía más nervioso.

—Su paciente, el señor Weir. ¿Diría usted que su descripción se ajusta a las deducciones que he formado sobre él?

—Podría usted haber estado describiendo un retrato suyo, Holmes.

—¿Cuánto tiempo pasó desde que salió usted de casa de Weir hasta que sufrió el asalto?

—No llegaría a diez minutos.

—¿Recuerda algún rasgo de alguno de sus asaltantes? ¿Sus orejas, quizá? ¿O alguna característica notable en su modo de hablar?

—Me temo que todo ocurrió demasiado rápido como para darme cuenta. Uno era alto y fornido, el otro más bajo y delgado. Llevaban gorras y pañuelos, no pude verles la cara.

—Ah, si sólo hubiera estado allí —musitó Holmes fieramente para sí—. ¿Me dice que no le atacaron físicamente?

—Se limitaron a amenazarme. No consideré prudente ni necesario resistirme por un par de chelines y dos abrigos, uno de ellos tan poco atractivo.

—Desde luego. Demuestra usted una admirable sangre fría, Watson. Reconozco al veterano soldado de Maiwand —el halago de Holmes sonó totalmente sincero, algo poco habitual en él—. Pero asegúreme, por favor, que no le maltrataron de ningún modo.

—No, ya se lo he dicho. Después de robarme no tuve más remedio que emprender camino hasta la comisaría más cercana, a donde me dirigí de pésimo humor como puede usted entender, y no había recorrido ni media milla cuando…

—El abrigo amarillo le fue amablemente devuelto —Holmes completó mi frase con excitación apenas contenida—. ¡Extraordinario! ¿Qué forma tomó esta devolución?

—Me lo lanzaron por encima de una tapia de listones. Me apresuré a buscar un acceso al otro lado pero no lo encontré, ni tampoco pude ver a quienquiera que me lo hubiera devuelto. De modo que reanudé mi camino, puse la denuncia correspondiente, y el sargento llamó amablemente a un coche. Iba a ir a mi casa, pero enseguida pensé, dado lo extraño de la situación, que lo mejor sería venir a verle a usted. Debería haberle contado mis aventuras desde el principio, pero no pude resistir la tentación de averiguar si sería capaz de sorprenderle.

—¡Sin duda, Watson! —Holmes echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada—. ¡Y yo que creía haber arruinado su pequeña sorpresa con mi deducción sobre el abrigo! Confieso que este giro en los acontecimientos me ha pillado totalmente desprevenido. Bien jugado, querido amigo, bien jugado: tiene usted nervios de acero y unas inesperadas dotes dramáticas.

Holmes se levantó y volvió a coger el abrigo, examinándolo esta vez con la lente de aumento y toda la atención de la que era capaz. Sabiendo que cualquier intento de conversación no sería más que un estorbo para el detective me acabé mi jerez. Consideré servirme otra copa, pero en ayunas como estaba y tras toda la excitación de la mañana, no hubiera sido sensato beber más.

Afortunadamente la señora Hudson acudió en aquel momento en mi ayuda subiendo un sustancioso desayuno para dos. Holmes, todavía absorto en el examen del abrigo, apenas aceptó una taza de café, mientras que yo devoré con buen apetito los arenques, huevos y tostadas con mermelada. Cuando finalmente me arrellané de nuevo en mi sillón mi mal humor, ya que no mi cansancio, se había esfumado casi por completo.

—Watson —dijo entonces Holmes, y eran las primeras palabras que pronunciaba en más de una hora—, esto son aguas profundas.

—¿Usted cree? Confieso que mi conclusión al respecto es que he sido atacado por los únicos atracadores con buen gusto de Londres.

Holmes no sonrió ante mi débil broma. Agitó el abrigo frente a mí, como si la respuesta estuviera estampada en la tela.

—Este abrigo, Watson. ¿Me permite quedármelo?

—Es todo suyo —dije con un bostezo—. Si consigue encontrar al propietario original, siéntase libre de devolvérselo con mis bendiciones.

—No creo que mis averiguaciones me lleven por ese derrotero —murmuró el detective, dejando el abrigo a su lado y hundiéndose en su sillón con el ceño fruncido.

No era difícil darse cuenta de que Holmes había dado con alguna línea deductiva que requería toda su atención. Acostumbrado a los bruscos cambios de humor de mi amigo holgazaneé algunos minutos más en el sillón, calentándome los pies al fuego, y finalmente me levanté y me despedí de Holmes.

—Que tenga usted muy buen día, Watson —dijo distraídamente el detective a modo de respuesta—. Vuelva esta noche, si puede, y le contaré si he averiguado algo respecto a su caso.

Y así despedido, como uno de tantos clientes que pasan por Baker Street, emprendí el regreso a casa, sin imaginar en ningún momento que lo que yo creía un caso inocente para capturar la imaginación de Sherlock Holmes se convertiría en una de las situaciones más angustiosas de mi vida.



Ahora entendemos algo más el agotamiento de Watson. ¿Qué pretendían sus atacantes? ¿Conseguirá el pobre doctor descansar un poco? ¿Volverá Holmes alguna vez al estudio paleográfico de su manuscrito? ¿Y por qué los ingleses se empeñan en desayunar arenques? ¡El lunes que viene sabremos más cosas! ¡Aunque no necesariamente estas!

EN EL (¡ya en sus pantallas!) CAPÍTULO TERCERO...

El telegrama — El East End — Watson investiga — Holmes explica — La calma antes de la tormenta.


Comentarios (12)
Enviado por Daurmith el 2014-03-24 a las 07:00


~ 2014-03-17

¡Es lunes! Yo avisé: cada lunes, una nueva entrega de La Aventura del Abrigo Amarillo, pastiche Holmesiano del Holmes clásico. Hoy toca el primer capítulo, en el que presentamos la acción y los personajes. Probablemente todos los conozcáis, en una u otra encarnación, pero hay ciertas reglas que seguir en estas cosas.

Este capítulo tendría muchas más erratas de las que ya tiene de no haber sido por el trabajo de @Jous_ y @Armeris, mis dos lectores beta. Desde aquí mi agradecimiento por su curro: moláis. Los errores que queden me los adjudico egoístamente.

Y bueno, nada más. Al lío. Espero que os guste o al menos que no os disguste en exceso. 

***



La Aventura del Abrigo Amarillo

CAPÍTULO PRIMERO


Durante la primera mitad de 1889 mis visitas a Sherlock Holmes disminuyeron notablemente en número y frecuencia, a causa de mi matrimonio, en primer lugar, y de las exigencias de mi nueva práctica después. Sin embargo, la prensa me mantuvo informado de los casos en que figuraba mi amigo, y fue así como supe de su intervención en el asunto del trampero Larsen y de su papel crucial en la detención de la banda de Jimmy Napier, el falsificador americano.

A falta de cualquier excusa para acudir a visitar a Holmes me resigné a esperar a que mi carga de trabajo disminuyera, cuando el destino vino a ayudarme haciéndome protagonista de un alarmante y curioso incidente durante una desapacible mañana de finales de invierno. Tal fue su naturaleza que pensé que atraería la atención de Sherlock Holmes, e incluso jugué con la idea de sorprender al detective. De modo que acudí a mis antiguas habitaciones de Baker Street. La señora Hudson en persona me abrió la puerta y me recibió con toda cordialidad.

—¡Doctor Watson, qué alegría! Llevábamos mucho tiempo sin verle por Baker Street.

—Le pido mil perdones, señora Hudson. He estado muy ocupado.

—¿Muy ocupado? ¡Más bien parece estar enfermo! Mire qué delgado está, y tiene usted muy mala cara. ¡Y el abrigo al brazo a estas horas, con el tiempo tan frío que estamos teniendo! ¿Le apetece una taza de té?

—Estoy perfectamente, se lo aseguro. No es más que exceso de trabajo. Dígame, ¿está el señor Holmes en casa?

—Sí que está, doctor Watson —me dijo, y bajó la voz—, pero yo de usted no subiría.

—¿Y eso por qué, señora Hudson?

—Porque está de un humor de mil diablos, si me disculpa la expresión, por eso. No ha querido ni oler el té de la mañana, ha dejado toda mi escalera oliendo al tabaco ese tan fuerte que fuma, y no hace más que pasear arriba y abajo como un alma en pena. No suba, doctor, ya sabe cómo se pone cuando está así.

Las palabras de la señora Hudson me llenaron de aprensión. Conocía de sobra la tendencia de mi amigo a caer en la más oscura de las depresiones tras periodos de actividad intensa como el que acababa de pasar, y temí que de nuevo hubiera hecho mella en su ánimo la tentación de la jeringa con solución al siete por ciento. De modo que sin mediar más palabras subí rápidamente los diecisiete escalones hasta las habitaciones de Holmes y llamé a la puerta.

—¡Señora Hudson, le he dicho una y mil veces que no deseo ser molestado! —ladró la voz de mi amigo desde el otro lado de la hoja. Decidí que no era momento de respetar las convenciones y entré sin más.

La escena que me recibió era curiosa incluso para las bastante relajadas costumbres que imperaban en Baker Street. El aire estaba tremendamente viciado, toda la salita inundada de acre humo de tabaco. Sherlock Holmes estaba de espaldas a la puerta, medio tumbado en el suelo, enfundado en su batín color ratón y rodeado de papeles. Había sobres, cartas, tarjetas, periódicos y documentos de todo tipo a su alrededor, y sus largos dedos nerviosos se movían como arañas, tocando uno u otro papel aparentemente al azar, cogiendo algún documento y soltándolo de nuevo con una imprecación, o arrojándolo lejos de sí como si se tratara de algún odiado enemigo.

—¡En el nombre del cielo, Holmes! —no pude evitar exclamar—. ¿Cómo puede usted respirar en esta atmósfera?

El efecto de mis palabras fue inmediato y sorprendente. Sherlock Holmes giró bruscamente la cabeza, se levantó de un salto digno de un atleta, y vino hacia mí con la mano extendida y una amplia sonrisa en el rostro.

—¡Watson! Mi querido amigo, ¡qué agradable sorpresa! ¡Pase, por favor!

—¿Cómo está, Holmes? —la mano que estreché estaba fría pero tenía la misma presa de acero que recordaba. Y aunque los huesos se marcaban claramente en la cara de Holmes, resaltando sus pómulos y su aquilina nariz, no lo consideré un síntoma especialmente alarmante; sabía bien que mi amigo consideraba la comida una especie de distracción opcional. Claramente la actividad de las últimas semanas no había hecho mella en su ánimo, y su físico tampoco parecía haber sufrido en exceso.

—Me alegro de encontrarle con buena salud —dije, recibiendo la sonrisa que en mi amigo indicaba que había leído mis pensamientos tan claramente como en un libro.

—No puedo decir lo mismo de usted, Watson —replicó suavemente—. Aunque es un alivio ver que su aspecto se debe a que ha estado extralimitándose en la consulta, antes que a alguna desavenencia matrimonial. ¿Cómo se encuentra su esposa? Sé que es temprano, pero a juzgar por su estado creo que una copa y un poco de tabaco le harán bien.

Sin dejar de hablar con amabilidad, Holmes se lanzó a abrir una de las ventanas para airear la estancia, apartó a patadas unas pilas de papeles, me guió a mi antiguo sillón, y puso a mi alcance una copa de jerez y un excelente cigarro de una marca que no me era familiar.

—Un regalo de un… personaje importante del gobierno turco, a quien presté un pequeño servicio hace unas semanas. Nada que interese a sus lectores, me temo, aunque el asunto no careció de puntos de interés. Se quedará a desayunar, espero. Será cosa de un instante enviar una nota a su esposa. ¡No, no, no admito réplica! No hacen falta mis dotes deductivas para ver que también necesita usted una buena comida y un poco de tranquilidad.

—No, Holmes, no se moleste. En realidad yo sólo…

—Mi querido Watson —interrumpió mi amigo, repentinamente serio—, permítame decirle cuánto lamento el fallecimiento de su paciente. No debe sentirse mal. Estoy seguro de que ha hecho usted todo lo humanamente posible.

Disimulé mi sorpresa tomando un sorbo de jerez.

—Holmes —dije despacio—, es verdad que he perdido un paciente esta madrugada, pero no veo cómo ha podido deducirlo. No he mencionado ninguno de mis casos, y estoy seguro de no llevar en mi persona nada que le permita adivinar lo que ha ocurrido.

—Pues se equivoca —dijo Holmes, que mientras tanto había escrito la prometida nota y la había enviado con Billy—. El cuello de su camisa, su mano izquierda, el frontal de su chaqueta y la cadena de su reloj me han permitido hacer esta pequeña deducción.

Holmes esperó, y yo, conocedor de sus métodos, revisé mentalmente su lista.

—De acuerdo —dije—. ¿Ha visto usted que el cuello de mi camisa está rozado y ha deducido que no he dormido en mi casa esta noche?

—Excelente, Watson. Pero en realidad, lo que he visto ha sido que el cuello de su camisa está más rozado por la parte derecha que por la izquierda.

—No veo la relación.

—Olvida usted que hemos compartido alojamiento durante años, Watson. Cuando se dormía usted en su sillón favorito, el mismo en el que está sentado ahora, se dormía con la cabeza sobre el hombro derecho.

—Tiene usted razón —admití—. Aunque se me ocurren otras causas que pueden explicar un cuello rozado.

—Bien observado, de nuevo. Podría ser que se hubiera encontrado usted sin cuellos limpios esta mañana, aunque conociendo las excelentes dotes de ama de casa de la señora Watson, me extrañaría. Pero ha cogido usted la copa de jerez con la mano derecha.

—Así es —dije, confuso.

—Usted es diestro. Generalmente esto no sería motivo de extrañeza. Pero cuando usted fuma, sujeta el cigarro con la derecha y la copa con la izquierda. Esta vez sujeta usted copa y cigarro con la misma mano, alternándolos, y usando liberalmente el cenicero, cosa que no es su costumbre, como las quemaduras en la tapicería de su viejo sillón atestiguan.

“¿Conclusión? Está usted protegiendo su brazo izquierdo de todo esfuerzo superfluo, por leve que sea. Claramente algo ha irritado su herida. Podría ser el tiempo, pero esto también afectaría a su pierna, y no he visto que cojeara. Por tanto, ha sido el hecho de tener que mantener una postura forzada en una silla o sillón (me inclino por la silla, pero no puedo asegurarlo) durante bastante tiempo, lo cual ha agravado el dolor de su hombro, pero no el de su pierna. Y por otra parte está su chaqueta: la ha usado usted de manta, echándosela por encima y generando esas características arrugas que se ven en el frontal, cuando la ha remetido por los lados para protegerse del frío.

“Si su paciente hubiese mejorado, usted hubiera podido ir a su casa, darse un merecido baño y cambiarse de ropa. Pero el hecho de que abandone usted el cuidado de un paciente para venir a verme, conservando en su persona todos los indicios de haber pasado la noche a su lado, me hace temer un fatal desenlace. La cadena de su reloj me ha convencido de ello.”

Miré mi chaleco, y Holmes siguió mi mirada.

—La ha retorcido usted entre dos de los botones para acortarla y dejar el reloj colgando del chaleco, para no tener que sacarlo del bolsillo cada vez que mira la esfera. La única razón para hacer esto es que tuviera usted que consultarlo muy a menudo durante un período de tiempo prolongado, y la única deducción posible una vez tenidas en cuenta todas las demás es que usted ha pasado al menos la última noche tomándole el pulso a su paciente con cierta frecuencia. ¿Y por qué no se encuentra usted con su paciente y sí en mi casa, pálido y agotado? Porque su paciente ha fallecido y ya no necesita, lamentablemente, de sus servicios.

Guardé silencio unos instantes, dividido entre la admiración que siempre me provoca ver en acción las dotes deductivas de Holmes y el recuerdo de los extraños sucesos de la madrugada anterior.

***

¡Intrigante! ¿Qué le ha pasado a Watson? ¿Tendrá el paciente algo que ver con el resto de la historia, o es un truco barato de la guionistdigooo, de la autora? ¿Se pondrá Watson piripi a base de jerez antes de sacarnos de dudas? La respuesta el próximo lunes, con ¡más deducciones! ¡Más Holmes! ¡Más Watson! ¡Y el desayuno!

EN EL (¡ya disponible!) CAPÍTULO SEGUNDO...

Holmes se desahoga — Aparece un abrigo amarillo — Watson deduce — Holmes deduce — Watson narra — Aventuras en la madrugada


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Enviado por Daurmith el 2014-03-17 a las 06:49


~ 2014-03-10

Como os decía ayer, voy a empezar a publicar, por entregas semanales, una aventura de Sherlock Holmes. Para los curiosos, he hecho un book trailer de esos que se llevan ahora. Pero como no sé hacer vídeos ni montarlos ni nada, y soy pobre en tiempo y habilidad, pues os cuento la pinta que tiene y el resto ya os lo imagináis vosotros, que para eso tenéis unas imaginaciones chachis. ¿A que sí? El trailer os dará exactamente la idea del relato que debe daros un trailer. Así no podréis decir que no os lo advertí.

Mi intención es divertirme publicando este relato tanto como lo hice escribiéndolo, y jugar un poco con la relación con mis posibles lectores, compartiendo datos y cotilleos del proceso una vez terminada la publicación. Y daros la vara todo el rato, aquí y en twitter.

De modo que la primera fase será: a partir de ya, cada lunes una nueva entrega del relato. Porque los lunes necesitaban más horrores añadidos.


+++BOOK TRAILER BEGINS+++


BAKER STREET - INTERIOR DÍA


Travelling por la salita de BAKER STREET. Vemos todos los iconos holmesianos que conocemos y amamos: la zapatilla persa, el correo clavado con un cuchillo en la repisa de la chimenea, las iniciales VR dibujadas a tiros en la pared. La cámara baja hacia la alfombra, se ralentiza, vemos asomar un montón de papeles en el suelo, y una mano de largos dedos que va hacia uno de ellos.


Música tranquila de piano, culta. Debussy, por ejemplo.


WATSON


(en off)


Holmes?


Justo cuando parece que vamos a ver la cara de Holmes, FUNDIDO EN NEGRO.


HOLMES


(en off)


Mi querido amigo, ¡qué agradable sorpresa!


TEXTO SOBREIMPRESO


La Biblioteca de Babel presenta


TEXTO SOBREIMPRESO


Una producción de La Cuba de Oro Productions


TEXTO SOBREIMPRESO


LA AVENTURA DEL ABRIGO AMARILLO


TEXTO SOBREIMPRESO


Basada en el personaje de Sherlock Holmes creado por Sir Arthur Conan Doyle


TEXTO SOBREIMPRESO


Argumento y guión: Daurmith


BAKER STREET - INTERIOR DÍA


Plano de la chimenea de Baker Street, donde arde un buen fuego. En un lado de la escena se ve la mano de Watson empuñando una copa de jerez.


WATSON


Me he apresurado a venir para contarle todo el caso.


CALLES DE LONDRES - EXTERIOR DÍA (NUBLADO)


EFECTOS de coches de caballos, conversaciones, comerciantes voceando.


WATSON camina por las calles de Londres, con su maletín en la mano. Le vemos de espaldas, pero él no es el protagonista del plano, sino el LONDRES VICTORIANO.


HOLMES


(en off)


Este abrigo, Watson. ¿Me permite quedármelo?


WATSON


(en off, tono aburrido)


Es todo suyo.


CORTES RÁPIDOS:


Un hombre se pone una máscara, se cala una gorra, y atisba desde detrás de una tapia.


WATSON mira nerviosamente por encima de su hombro, por la calle, de noche.


HOLMES examina atentamente un abrigo a través de su lupa y hace una mueca de frustración.


HOLMES


(en off)


Watson, esto son aguas profundas.


CORTES RÁPIDOS:


PLANO CENITAL de un cadáver cubierto por una sábana en un mortuorio.


WATSON contempla un TELEGRAMA de HOLMES: "URGE DESCRIPCIÓN MANOS [ILEGIBLE]"


HOLMES caminando por Londres. Dos figuras misteriosas le siguen. 


WATSON, con aspecto agotado, se pellizca el puente de la nariz en su consulta.


BAKER STREET - INTERIOR NOCHE


HOLMES y WATSON dialogan.


WATSON


¿Y tiene usted idea de qué tipo de secreto es?


HOLMES


(Frustrado, apretando un puño)


Si supiera qué es, sabría dónde buscarlo.


CALLES DE LONDRES - DÍA


PdV subjetivo de alguien corriendo y jadeando por Baker Street, yendo hacia el 221B. 


Música tensa.


HOLMES


(en off)


Poco después de salir de Baker Street me di cuenta de que me seguían.


WATSON empuja la puerta de las habitaciones del 221B, la cámara pasa sobre su hombro y revela... Destrucción. Las habitaciones son un caos, los muebles por el suelo, el instrumental químico roto, signos de pelea. 


HOLMES


(en off, voz alterada)


Watson, le debo mil disculpas.


La música se corta bruscamente. FUNDIDO EN NEGRO.


WATSON


¡HOLMES!


PAUSA


TEXTO SOBREIMPRESO


La Aventura del Abrigo Amarillo


TEXTO SOBREIMPRESO


Próximamente en La Biblioteca de Babel


 


+++BOOK TRAILER ENDS+++


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Enviado por Daurmith el 2014-03-10 a las 07:33


~ 2014-03-09

He hecho una cosa.

Ya sé que hace casi un año que no hago nada (aquí), pero he hecho una cosa, con la que he estado dando la brasa en Twitter en grado medio-alto y la cosa está hecha y ahora qué.

Es un relato, porque me gusta escribir relatos, y si alguien me preguntara qué le pides a la vida diría algo así como escribir cosas que vosotros queráis leer.

Ya hice una cosa parecida a la que llamé "La Aventura del Cuadro Cambiante". Un pastiche holmesiano, en la honorable tradición de los pastiches holmesianos antes de que fanfiction se convirtiera en una mala palabra.

Me equivoqué con aquella historia: la empecé a publicar antes de terminarla, usé el punto de vista equivocado, descuidé algunos puntos de la trama para mantener un cierto ritmo de actualizaciones. Pero aun así me gustó cómo quedó, y aunque ahora cambiaría bastantes cosas, no me arrepiento de haberlo hecho; me divertí mucho.

Ahora he escrito otro pastiche. Bueno, lo estoy revisando en estos momentos. Y puestos a resucitar el blog (que es algo que debería haber hecho hace mucho), esta es una excusa tan buena como cualquier otra y mejor que muchas y me aterroriza un poco porque cuanto más leo la historia menos segura estoy de ella, sobre todo porque nadie más la ha visto hasta ahora. Pero otra gente que sabe de esto me dice que eso es normal y que todos se sienten así, hasta Gaiman, sólo que de Gaiman no me lo creo. Y que me deje de tontás y publique, que lo prometí por Twitter.

Pues bien: publicaré. Por entregas, como la otra, porque el buen folletín se sirve por entregas, y esta es una historia clásica de Holmes y Watson en el Londres victoriano con sus pipas y sus coches de caballo y sus telegramas, y porque así sufrís un poco vosotros también. Si es que la leéis.

Pero como los tiempos han cambiado un poco y ahora están de moda los book trailers, yo voy a ser más original y voy a hacer uno; bueno, sería más bien un fic trailer. Claro que no sé hacer book trailers, de modo que pondré el guión, hoy o mañana (aunque no sé hacer guiones de book trailers) y vosotros os imagináis el trailer y el relato. Claro que es un trailer y los trailers no son totalmente fiables...

Y eso era lo que os quería decir. Voy a ir apartando las sábanas, abriendo las ventanas, pasando el trapo por los estantes cubiertos de polvo y encendiendo la chimenea. Aquí o en otro sitio, La Biblioteca de Babel no se irá lejos.

Ave atque vale, amiguitos.


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Enviado por Daurmith el 2014-03-09 a las 17:33


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